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Javier Cuervo

Artículos de broma

Javier Cuervo

La distancia es más respirable

Es universal: lo mejor de la mascarilla es quitársela. Unos la ponen con más presteza, otros la toleran mejor, pero todos se desprenden de ella con el mismo placer con que se descalza el zapato, con el mismo alivio con que se desabrocha el suje.

El confinamiento respiratorio en interiores y exteriores, la inspiración y la espiración bajo lencería sanitaria, la absorción de oxígeno y de dióxido de carbono con dodotis facial, es decir, la puñetera mascarilla obligatoria, es muy tranquilizadora para el mando en plaza y la obediencia debida, asegura el rebaño más que la inmunidad, aúna la ciencia en la lucha contra el contagio con la magia fetichista del "detente virus" y permite que la nueva normalidad sea como la vieja con embozo, pero deja para otro siglo la responsabilidad individual que implicaba el mantenimiento de la distancia hasta donde era posible y llegaba el sentido común para imponer y poner la mascarilla.

Con el mantenimiento de la distancia, la calle era un espacio para una alerta primitiva que ahora se llama sanitaria, pero trata de lo mismo: mantenerse vivo. Precisaba una estrategia de rutas más anchas o menos transitadas, una reordenación de actividades ineludibles en horarios de menos barullo, una marcha con diferentes velocidades, el descubrimiento de atajos inadvertidos y de rodeos necesarios, menos conversación insustancial y gestualidad más eficaz. Eran útiles cambios en el lenguaje como llamar "pasamanos" a la barandilla, para tocar menos, y que no se "doblara la esquina", sino que se circunvalara para asegurar los dos metros exentos. Dejemos la responsabilidad personal para el siglo XXII y mantengamos la mascarilla, la obediencia y la picardía, que no se atiene a las reglas y las burla. Están en nuestra tradición española.

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