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Antonio Papell

Pierde Europa

No hace falta perder mucho tiempo en explicar por qué es muy relevante que, cuando la Unión Europea se dispone en teoría a implementar el más grandioso plan imaginable para reconstruir lo devastado por la pandemia del coronavirus, que ha provocado una recesión mundial y que en algunos países europeos —Italia y España son los más damnificados— generará en 2020 caídas del PIB de dos dígitos, una española, nuestra vicepresidenta económica, Nadia Calviño, haya sido derrotada al optar a la presidencia del Eurogrupo, el consejo de los ministros de Economía de la Eurozona, precisamente en puertas de que el Consejo Europeo se disponga a debatir el referido plan, diseñado por el eje franco alemán y que, por primera vez en la historia, prevé la disposición de subvenciones a fondo perdido, recursos presupuestarios que no serían reembolsables. No habría mutualización de la deuda pero sí algo semejante a la solidaridad ante una gran adversidad.

Ya que el Eurogrupo, la fracción informal del Ecofin formado por los 19 países que han adoptado el euro y que se puso en marcha en 2005, se rige por la regla de la mayoría simple, la presidencia ha recaído siempre hasta ahora en países pequeños (el luxemburgués Juncker y el holandés Dijsselbloem), y han sido derrotados los candidatos de los países grandes (De Guindos). El intento de Calviño trataba de romper la norma, pero finalmente ha fracasado. Y en realidad el hecho tendría una importancia relativa si no fuera por la evidencia de que detrás de la pugna y de su desenlace han combatido dos visiones distintas de la Unión Europea: la confederal, que ha regido hasta ahora, y la tendencialmente federal, que trata de avanzar hacia una cierta armonización fiscal, y a cuyo frente se acaba de situar Alemania, con la complicidad de Francia, de Italia y de España, ya sin los frenos sistémicos que oponía el Reino Unido. El 18 de mayo, Merkel y Macron, en una explícita resurrección del viejo eje fundacional de las comunidades europeas, presentaban una propuesta conjunta y multimillonaria de reconstrucción, que incluye un fondo de ayudas de 500.000 millones de euros para los países más golpeados por una "crisis sin precedentes en la historia de la Unión Europea", según el comunicado conjunto. La iniciativa se sustenta en cuatro pilares: estrategia sanitaria, fondo de reconstrucción para la solidaridad y el crecimiento, aceleración de la transición ecológica y digital y el fortalecimiento de la capacidad y soberanía industrial europea. Y según aclaró Macron, los 500.000 millones de euros, que serán lanzados a los mercados "en nombre de la UE, tienen vocación de ser reembolsados", a través de fondos comunitarios y no de los países individuales. Los recursos serían solicitados a los mercados al margen del presupuesto septenal de la UE, de apenas 1,1 billones de euros. No deja de ser una ironía que la derrota de Calviño, la persona que hubiera debido ponerse al frente de tan brillante iniciativa, represente la victoria de un irlandés, cuando Irlanda es un país que vive del dumping fiscal y aloja a las grandes multinacionales globales porque apenas tributan a tipos simbólicos. No es extraño que Dublín se oponga a la tasa digital y a la tasa Tobin, y mucho más aún a la armonización fiscal, que debería poner límites a la competitividad de unos socios comunitarios con respecto al resto.

El plan francoalemán tiene la enemiga clara de los países frugales —Holanda, Austria, Suecia y Dinamarca—, que proponen más o menos explícitamente a los países damnificados que pidan un rescate, como en la crisis de 2008, a través del MEDE. Parecía que la presión de los grandes y la constatación de la propia evidencia -la crisis no sólo perjudica a los países más directamente afectados sino a toda la UE— habían hecho recapacitar a los ricos del centro y del norte del continente. Pero visto lo visto, hay razones para dudarlo. Si el 17 y 18, el Consejo Europeo es incapaz de aprobar el plan —un plan que es además urgente porque las necesidades son perentorias—, Europa habrá dejado de ser el objetivo ilusionante de los propios europeos.

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