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Tierra de Nadie

Aluminio

El otro día me caí, me golpeé en la nuca contra la esquina de un mueble y no me morí, lo que me pareció muy raro. En las películas, todo el mundo que tiene un accidente doméstico de esta naturaleza la palma. Recuerdo que mientras me caía a cámara lenta (en las experiencias extremas todo se vive a cámara lenta) visualicé el mueble que estaba a mis espaldas y me di por difunto. No sentí miedo, solo un poco de extrañeza, pues se trataba de un momento absurdo para fallecer, en el caso de que haya algún momento lógico. Caía y caía y pensaba en el pico contra el que iba a estrellarme y veía mi cadáver sobre el suelo y observaba a mis hijos y a mi mujer, y quizá a la policía, detenidos frente a la escena de autos preguntándose como rayos había sucedido todo. Sucedió porque me eché hacia atrás con más violencia de la habitual en la silla en la que me hallaba sentado y nos volcamos la silla y yo con la fatalidad de que detrás de mí había un mueble asesino esperándome.

Sentí el golpe y me dije: ya está, se acabó. Pero abrí los ojos y vi la lámpara del techo, que era una lámpara perteneciente al mucho de los vivos. Entonces llegó el dolor. Agudísimo, como si me hubieran clavado un puñal. Comprendí que seguía vivo y que tenía que responsabilizarme de mi cuerpo. Me levanté, pues, y me dirigí instintivamente al cuarto de baño para mirarme absurdamente en el espejo mientras me llevaba la mano a la nuca, de donde no manaba, inesperadamente, ni una gota de sangre.

¿Qué hacer?

Corrí a la cocina, saqué del congelador unos cubitos de hielo, los envolví en un paño de cocina y me apliqué el remedio en el lugar del golpe para evitar la inflamación. No es que sepa nada de inflamaciones, pero he visto muchas películas e hice lo que habría hecho el personaje principal de una de ellas. Mientras el frío me penetraba, pensé que quizá habría sido mejor hacerme una herida a fin de evitar un derrame interno. Tampoco sé mucho de derrames internos, pero en algún documental he visto algo sobre el asunto. Y aquí sigo, dos días después, en perfecto estado, aunque desde el golpe noto un sabor como de aluminio en la garganta. No se lo había contado a nadie hasta hoy.

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