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Norberto Alcover

En aquel tiempo

Norberto Alcover

Esas pequeñas esperanzas...

El mayor núcleo de esperanza es nuestro pequeño corazón humano, del que jamás hablamos porque nos parece cursi

Como me decía la semana pasada un buen amigo desde Madrid, "no veo razones plausibles para la esperanza, entre otras razones porque he perdido la confianza en las personas". Era a raíz de la pandemia, pero sus palabras, textuales, van mucho más allá hasta alcanzar eso que llamamos "vida".

Tras venirse abajo las grandes esperanzas de los últimos años, como el empeño por controlar el calentamiento global, la victoria sobre la aniquilación de la Amazonia, alcanzar la paz en Siria, crecer en el control de los crímenes contra la mujer y los menores, desarrollar la construcción de una sociedad menos desigual (la madre del cordero de tantas otras barbaridades), y en fin, comprender de una vez por todas que la Carta de Derechos Humanos de la ONU debiera ser un "hecho ya adquirido" por toda nación que se precie de democrática, tras venirse abajo, puede que lentamente, tantas cosas, seguramente nos queda entregarnos a las "esperanzas menores", esas que se apoyan en la confianza inalterable en los demás. Porque están ahí, ante nosotros mismos y ante la desconfianza de mi buen amigo madrileño. Un buen tipo, que lleva toda su vida fajándose por magníficas utopías, nunca alcanzadas... como es lógico, tratándose de utopías. Pequeñas fuentes de esperanza, constatables, ilusionantes, hasta llenas de belleza.

Tomemos un colectivo concreto, conocido y constatable. Contemplemos de cerca Cáritas. Seguramente institución alguna en España y en el mundo entero acude con mayor prontitud a cuantos desastres surgen en el planeta, solamente comparable la excelente Cruz Roja. Como institución eclesial tiene una red de conjunciones excelente, pero sobre todo cuenta con millones de voluntarios que muestran y demuestran tanta justicia como bondad en un cotidiano sacrificio y una admirable abnegación, palabras todas ellas realizadas sin aspavientos, sin violencia, sin exigencias absurdas. Nunca Cáritas impone antes bien propone, acude, salva y sencillamente está donde debe de estar. Nadie me negará que merece el apoyo y el aplauso de creyentes e increyentes, porque lo que pone en juego es el espíritu misericordioso, que siempre va mucho más allá que ese espíritu permanentemente reivindicativo de tantos que protestan, pero hacen pocas cosas en concreto. Cáritas trabaja en silencio, se la admira y en ocasiones se la discute (es lógico por su tremenda presencia), pero es una fuente de "pequeñas esperanzas" para tantísima gente, como se está demostrando en estos momentos postpandemia, tan duros y exigentes de una generosidad sin límites. Cáritas siempre está. Insisto, como esperanza. Indaguen en Cáritas y la sorpresa será infinita.

Y la segunda fuente de "pequeñas esperanzas" es la familia en cuanto tal pero también desparramada, a través de familias concretas, en toda la sociedad. España es uno de los reductos familiares más consistentes de Europa, junto a Italia y Grecia, esos inarreglables "países del sur", cuyas estructuras sociales todavía no están absolutamente corroídas por el materialismo ambiental, dígase lo que se diga. Nuestras familias acogen, protegen, se sacrifican y hasta lo pasan mal "juntas", comenzando por ese grupo entrañable de los abuelos, grandes víctimas de la pandemia, casi un 70% de los fallecidos. Familias que han sido capaces de educar a los niños, charlar con los adolescentes, acompañar a sus mayores, acoger el amor de las parejas de todo tipo, cuando a su alrededor se tocaba la fuga mortal del coronavirus. Familia tiene nombre de esperanza. Por lo menos en España. Destruirla es destruirnos. Lo sabemos, pero nunca lo decimos con suficiente libertad de espíritu. Como Cáritas, la familia está ahí, desparramada en familias concretas, tal vez la nuestra. Familia también tiene nombre de esperanza. No tengo la menor duda.

Y, en fin, el mayor núcleo de esperanza es nuestro pequeño corazón humano, del que jamás hablamos porque nos parece cursi. Esa capacidad humana para amar sin más, sencillamente amar. Es decir, para provocar ese "amor samaritano" del que tanto habla Francisco y que es la esencia del Evangelio de Jesucristo. Las grandes cosas se hacen por amor, si bien pueden darse amores tan apasionados que consigan lo contrario: destruir, matar, eliminar. Pero entonces nunca es amor sino odio. Pasiones desordenadas, que escribía Ignacio de Loyola. Pero las pequeñas esperanzas provocadas por el amor humano, por el corazón humano, certifican que esta vida nuestra tiene sentido y tiene, además, un futuro viable. Pienso que nuestros políticos han construido un túnel que separa su actividad pública de su actividad cordial. Una realidad que los grandes constructores de la Unión Europea y de nuestra Transición superaron, y sus obras están ahí. El corazón también tiene nombre de esperanza.

Cáritas, Familia y Corazón. Y tantas otras fuentes de esperanza auténtica y constatable. Muchos esfuerzos sociales, económicos y políticos también colaboran en esta tarea, pero, como escribía, les falta espíritu cordial tan enfatizado. Tienen ideología, pero carecen de sensibilidad, como demuestran una y otra vez en sede parlamentaria: la esperanza no se construye ni a gritos ni a odios ni a descalificaciones. Se construye con respeto, optando por la colaboración y pensando siempre en los más vulnerables. Mi amigo, desde sus utopías frustradas, podía tener su propia razón, pero no tenía la razón absoluta: precisamente porque existen personas maravillosas e instituciones admirables, y aunque sea a partir de pequeñas muestras, nuestra esperanza es posible y también probable. De lo contrario, vivir serviría de nada.

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