Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Gaitán

Epidemia de olvido

La literatura acaba siendo un manual de instrucciones y a veces un catálogo de profecías

Yo no sé si uno es más su memoria o sus olvidos. Quizás más lo segundo, siquiera sea porque todos estamos destinados a ser olvido más tarde o más temprano.

El olvido, en su justa medida, es un bálsamo, pero en dosis más altas es síntoma de enfermedad o de estupidez, como la que muestran quienes, desdeñando que el coronavirus sigue ahí, que nada ha cambiado, que no hay ni remedio ni vacuna, viven como si todo hubiese acabado ya, como si no llevásemos medio millón de muertos en el mundo, según cifras estimadas que aumentan tercamente.

El olvido es, así, epidemia. Esto lo sabemos por Cien años de Soledad, cuando la niña Rebeca, que llegó a Macondo para vivir con unos parientes y adoptó el apellido Buendía, contagió a todos el mal del insomnio. Fue Visitación quien primero "reconoció en esos ojos los síntomas de la enfermedad (€) Era la peste del insomnio".

Aquel insomnio fue tomado primero como una bendición "así nos rendirá más la vida" y también como una idiotez "una de tantas dolencias inventadas" (esto, al parecer, ocurre con todas las epidemias). Finalmente Macondo fue puesto en cuarentena, cosa que causó cierta conmoción al principio, pero también llegó el día en que la situación de emergencia se tuvo como cosa natural. Solo que el insomnio traía consigo el olvido. Nadie recordaba nada, ni su ayer ni su nombre. El pueblo "se hundía sin remedio en el tremedal del olvido".

En otras ocasiones he contado que vuelvo una y otra vez a los libros para comprender la vida. La literatura acaba siendo un manual de instrucciones y a veces un catálogo de profecías. El relato de la peste de Macondo es un reflejo del mundo que estamos viviendo, solo que narrado hace más de cincuenta años por un escritor que decidió confinarse para escribir la novela que llevaba dos décadas imaginando.

? Las pandemias existen desde antes de que existiésemos los humanos y les pusiésemos nombre. En la ciudad donde vivo, que se mece a la orilla del Mediterráneo desde hace tres mil años, mis antepasados, como los de cualquier otra parte, fueron diezmados por sucesivas oleadas de peste, disentería, tifus, fiebre amarilla o la mal llamada "gripe española", que mató a cincuenta millones de personas en el mundo.

Pero no aprendemos nada ni de los libros ni de la experiencia, aunque todo lo cuenten para nosotros, para nuestro presente y para nuestro futuro, y lo damos todo, una vez tras otra, con inquebrantable vocación, al olvido.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats