Suscríbete 1,5 €/mes

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El desliz

Bailando con conocidos

El Govern balear no permite las discotecas de momento. La Generalitat catalana autoriza que las pistas se pueblen de danzantes, siempre que acrediten vínculos de parentesco o amistad

El baile es la última frontera. El único baile de la nueva normalidad es el baile de cifras de la pandemia, un baile muy sospechoso que de nuevo tiene poco y de divertido menos. El Govern prohíbe el baile hasta nueva orden. Se puede ir a las discotecas pequeñas a mirar y a beber. Copas sin derecho a roce activo. Te dejan la banda sonora, pero te quitan el retozo; te puedes apiñar en la barra y en la terraza, pero no en la tarima. Otros veranos, algunas salas ensayaron lo contrario, las sesiones sin música ambiental en las que cada participante se movía al ritmo del sonido que le llegaba por los cascos guardando las distancias, una experiencia irrepetible que nadie en su sano juicio quiere repetir. Bailar es liberador, no nos vamos a sentir verdaderamente a salvo hasta que la bola de espejos vuelva a rodar sobre nuestras cabezas, incluso quienes ya ni nos acordamos del último baile redentor. Algunos danzamos con la mente, componiendo coreografías imposibles de seguir con nuestras anatomías, buscando alguna evasión. Muchos bailamos a solas mientras barremos, o preparamos la comida, porque entre noticiario y noticiario deprimente la radio ha colado una canción preciosa. Mucho se ha bailado, física o espiritualmente, durante este confinamiento. Pero una verbena es otra cosa, y una discoteca es otra cosa, y una pista de baile bajo las estrellas sin medir la distancia es la normalidad estival a la que aspiramos, y llegará con el tiempo. Un buen baile inesperado es el mejor recuerdo. "¿Qué tal ayer?", nos preguntábamos las amigas. "Muy bien. Bailamos". O "nada del otro mundo, no bailamos". Con un poco de suerte y de responsabilidad colectiva, en otoño volvemos a bailar canciones que no nos son familiares; se nos va a pasar el verano sin canción del verano.

La Generalitat de Catalunya no ha sido tan drástica y no ha prohibido bailar, pero sí hacerlo con desconocidos. Ya me estoy imaginando al inspector sanitario que a las once de la noche se despide de su familia para irse al tajo, y entra en la discoteca para verificar que las personas y los grupos que se entremezclan en la pista se conocen de toda la vida. Usando técnicas como la lectura en los labios del mítico "estudias o trabajas", y buenas dotes de observación de las aproximaciones vacilantes desde las esquinas. Será difícil vigilar que solo las familias salgan de marcha, que solo las parejas consolidadas se arrimen, que todos los que botan a las órdenes del dj acrediten vínculos más allá del azaroso devenir de la noche. Los invitados del novio en un lado, y los de la novia en el otro, danzando por tribus: una boda difícilmente hará otra boda. Son ganas de decretar en vano. En Inglaterra el Gobierno censuró el sexo con extraños pocas semanas después de apostar por un contagio masivo que inmunizara a las masas, y a escasos días de que su primer ministro abandonara una UCI, liberado del virus por los pelos. Se apuntaba a las aplicaciones de citas como posibles vectores de transmisión de la enfermedad, y al poco estalló el escándalo del epidemiólogo de cabecera de Boris Johnson saltándose el confinamiento para cruzar Londres e irse a visitar a su amante. En su descargo pudo declarar que eran viejos conocidos.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats