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Diario de Mallorca

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Joaquín Rábago

360 grados

Joaquín Rábago

La locura del rey Donald

¿Está loco el presidente de EEUU o se hace simplemente el loco para conseguir todo lo que quiere en un ejercicio combinado de megalomanía e impostura?

Es algo que habría que dejar a los psiquiatras. Pero los resultados de su locura, impostada o no, son un desastre no sólo para su país y sus aliados, sino para el conjunto del planeta.

Por fin parecen despertar algunos de un imperdonable letargo que dura ya más de tres años para decirle a la cara, como en el famoso cuento de Andersen, que el "rey está desnudo".

Dicen los medios que se han dedicado a contarlas que superan ya las 20.000 las mentiras que han salido de su boca desde que ocupa, para desgracia de todos salvo sus amigos ricos, la Casa Blanca.

Tres años y medio ha tardado el ex secretario de Seguridad Nacional y ex secretario de Estado, Colin Powell, en calificarle pura y llanamente de "mentiroso patológico".

Casi cuatro interminables años en los que el mundo ha sido testigo de la inestabilidad, la falta de empatía e inteligencia emocional del líder del mundo libre.

Casi cuatro años en los que Trump ha podido actuar a su antojo, emplear como asesores a miembros incompetentes de su familia como si el Estado fuera su propia empresa, usar y tirar a sus colaboradores.

Y en los que no ha dejado de insultar a los abnegados periodistas que acuden a la Casa Blanca para escuchar sus continuas fanfarronadas dignos del barón de Münchhausen.

Periodistas que, si se trata de mujeres y más aún afroamericanas, han tenido que soportar pacientemente sus gestos de desprecio y sus insultos sexistas.

Y ¿qué han hecho mientras tanto los demócratas más allá de intentar un proceso de destitución absurdamente centrado en la supuesta ayuda rusa a Trump para derrotar a la beligerante Hillary Clinton en lugar de en sus claros y continuos abusos de poder desde que pisó la Casa Blanca?

Supuesta trama rusa que ha centrado también la atención de los principales medios de aquel país, incapaces de reconocer que a la derrota, injusta o no, de la candidata demócrata contribuyó sobre todo la falta de empatía de la candidata con el sector más castigado por la globalización y más vulnerable por tanto al populismo nacionalista y las mentiras del republicano.

Sin ningún tipo de estrategia, Trump se ha dedicado, desde que alcanzó el poder, no sólo a polarizar hasta extremos peligrosos a la opinión pública de su país sino a sembrar la confusión en la política internacional, amenazando con el arma nuclear a gobernantes despóticos como el líder norcoreano Kim Jong Un para adularlos caprichosamente al día siguiente.

Todo ello mientras sacaba a EEUU de acuerdos internacionales como el de París sobre el cambio climático, se descolgaba del pacto nuclear con Irán, retiraba los fondos a la Organización Mundial de la Salud, amenazaba a la de Comercio, y confundía con su errático comportamiento, cuando no insultaba, a sus aliados de la OTAN.

Lo más preocupante no es ya el comportamiento errático y despótico de un presidente que sólo piensa en sí mismo sino la tremenda cobardía de sus aliados republicanos, que no sólo han callado ante sus repetidas tropelías sino que le han ofrecido en todo momento su apoyo en el Senado, actualmente dominado por ese partido.

Conforme se acercan las elecciones presidenciales de noviembre, vemos a destacados ex jefes militares y ex diplomáticos expresar al fin su preocupación por lo que ocurre y señalar que las Fuerzas Armadas se deben a la Constitución y no a quien pueda ocupar en un determinado momento la Casa Blanca.

La decisión de Trump de recurrir a la Guardia Nacional y su amenaza de utilizar incluso a las Fuerzas Armadas para reprimir las protestas callejeras tras la muerte de un afroamericano - otro más- a manos de un policía racista parece haber colmado por fin la paciencia de muchos.

Y la reacción de esos militares jubilados es una clara advertencia ante lo que pueda ocurrir en el caso de que Trump pierda las próximas presidenciales y se niegue a abandonar la Casa Blanca, argumentando que hubo manipulación electoral y que él, sólo él, es otra vez el ganador.

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