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Cristina Martín

Todo abre, menos los colegios

Llevan dos meses y medio sin ver a sus amigos. Sin compartir juegos y confidencias con ellos en el recreo. Sin ir a clase. Llevan todas estas semanas interminables encerrados en habitaciones, si las tienen, o en el salón o en la cocina, intentando sacudirse el infinito aburrimiento que provoca intentar seguir el curso a través de una pantalla; tratando de entregar a tiempo las tareas que les ponen profesores desaparecidos de un día para otro.

El confinamiento ha hecho saltar por los aires la función niveladora que tiene la escuela (la presencial), y que es fundamental para que los estudiantes con menos recursos y un entorno familiar menos favorable tengan la oportunidad de acceder a la educación en iguales condiciones que sus compañeros. Pero este encierro ha agrandado las diferencias entre unos y otros, y ha reforzado esa desigualdad que reduce el horizonte de muchos niños y adolescentes: quien tiene ordenador, línea de internet, una familia que le ayuda y motiva, tranquilidad, una mesa y una habitación en las que poder trabajar, tiene ya muchas dificultades superadas.

Mientras cada estudiante se apaña como puede, todo se pone en marcha menos los colegios e institutos. Bares, restaurantes, gimnasios, tiendas, talleres, todo tipo de empresas recuperan su actividad, con más o menos limitaciones, pero los centros educativos continúan vacíos, y así seguirán hasta septiembre, como pronto. Es urgente reabrirlos para evitar que esta crisis expulse del sistema educativo a estudiantes que tienen derecho a que no les limitemos sus posibilidades todavía más.

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