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En serie

La ficción televisiva, trasladada ahora a las plataformas de contenidos audiovisuales, es un espejo de la evolución de los modelos femeninos

La irrupción de las grandes plataformas de contenidos audiovisuales ha transformado radicalmente, en apenas veinte años, la forma en la que consumimos ficción en serie. En la década de los 80, en los 90 y en los primeros años de este milenio no había otra que esperar pacientemente hasta el próximo capítulo, lo que añadía intensidad a la experiencia e inmovilizaba a la audiencia ante la pantalla los días de emisión, especialmente si en el episodio se dirimía algún trance trascendentalísimo o se jugaba el desenlace. Es algo inimaginable para las generaciones más jóvenes, nacidas con la televisión a demanda y consumidores acostumbrados a un perpetuo streaming.

La oferta, en todos sus formatos y extensiones, es hoy inabarcable y buena parte está pensada para un público femenino, protagonizada por actrices y, cada vez más a menudo, con mujeres en la dirección, en la producción y al cargo de los guiones. Las series "de chicas" o "de mujeres" se han ido complicando y han ganado en profundidad. En los argumentos, en general, suelen seguir pesando más los sentimientos que la acción. Si al principio muchas se planteaban como una evolución, actualizada y sofisticada, de las telenovelas, con los años fueron ahondando en asuntos de calado, hasta adquirir el tono reivindicativo y a veces abiertamente feminista de la actualidad.

De Los Ángeles de Charlie, aquellas tres muchachitas que fueron a la Academia de Policía y que, después de pasarse al sector privado y ser contratadas en una agencia de investigación de alto standing, lo mismo desarmaban a los criminales a golpe de kárate que de melena, a Killing Eve, con una detective y una espeluznante asesina en serie como protagonistas, hay un mundo. De Sexo en Nueva York, que se vendió envuelta en escándalo, al retrato generacional de las millennials de Valeria, con escenas mucho más subidas de tono que las protagonizadas por Carrie y sus amigas, va otro.

Las series funcionan como cápsulas del tiempo. Ally McBeal, con un lenguaje y recursos audiovisuales extravagantes en su estreno, plantea cuestiones como el acoso sexual y laboral o el dilema entre maternidad y carrera profesional. Fleabag, con su descarada protagonista conversando con los espectadores, habla con crudeza de muerte y sexo.

La nómina de series pensadas para mujeres es inmensa, las hay protagonizadas por adolescentes, jóvenes, mujeres maduras, estudiantes, profesionales, jubiladas, virtuosas y villanas. Mujeres desesperadas si eres un ama de casa inadaptada, Gossip Girl si eres o quieres ser una niña rica, Grace and Frankie o Las chicas de oro para maduras con posibles, Gilmore Girls para madres solteras con hijas adolescentes, Orange is the new black, Kalifat, Glow, Las chicas del cable, Las mujeres de Bletchley, La maravillosa señora Maisel -gloriosa-, Madres, Big Little Lies, El cuento de la criada, la inquietante Homecomming. El conjunto ofrece una panorámica de los cambios sociales que las mujeres han protagonizado a lo largo de las últimas décadas.

Cada vez más a menudo son protagonistas o coprotagonistas en series con temáticas convencionalmente masculinas, lo que también es sintomático: Homeland, Juego de Tronos, House of Cards, The Sinner... De la encantadora y pícara Embrujada de los 60, que ponía a punto la casa con un movimiento de nariz, hemos pasado a la contemporánea Madres trabajadoras, llena de mujeres atribuladas por bebés, jefes y amantes.

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