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No hay instituciones sagradas

Los ejemplos recientes de Juan Carlos de Borbón y de la Guardia Civil afloran los peligros de una visión acrítica de las instancias del poder

No siempre se valora adecuadamente el privilegio de vivir en una sociedad donde todo puede ser cuestionado. O casi todo, porque la Guardia Civil es sagrada, la Policía Nacional es impecable, la Justicia es intocable, la Corona es inmarcesible, la Constitución es bíblica, el Ejército es inigualable, los médicos son heroicos, los epidemiólogos son infalibles, Carrero Blanco es una víctima del terrorismo, las ONGs son absolutamente desinteresadas. Hasta los cocineros se baten con denuedo para obtener un consenso que conlleve su santificación.

Una cosa es estar dispuesto a morir por las instancias citadas, según la hipótesis contemplada en el juramento de bandera. Otra cosa distinta es no preguntarse con suficiente énfasis por qué un país tan intachable requiere de un rescate europeo a cada década, y si esa perfección incuestionable no resulta contraproducente incluso para sus intereses económicos.

La enumeración incompleta de las instituciones con derecho al pacto tácito de opacidad demuestra que quedan muy pocas cosas a criticar, cuando se supone que el examen desprejuiciado es la base de la fluidez social. De hecho, la tradición de "los perros guardianes de la democracia" autoriza a un suplemento de ferocidad al enfrentarse a los poderes más acentuados. Sin embargo, esta ley ha sido invertida en España, ante la exigencia de conceder un crédito adicional a las personalidades sometidas en principio a una vigilancia más estrecha.

Los criterios laxos marcaron la era a.C. o antes del Coronavirus. Sin embargo, síntomas sociales más preocupantes ahora que los víricos apuntan a un mantenimiento de las instituciones impermeables, con tendencia a la ampliación del censo intocable. Los ejemplos recientes de Juan Carlos de Borbón y de la cúpula de la Guardia Civil afloran los peligros de una visión acrítica de los núcleos de poder, en especial cuando van armados. El silencio paga un precio elevado. Produce cierto sonrojo que la Tribune de Genève se interrogue sobre el aparente desinterés de la sociedad española, ante la imagen de su Jefe de Estado paseando por los parques ginebrinos con un maletín que contiene más de un millón de euros.

La simple declaración de una Infanta irrelevante ante un juez requirió de un millar largo de folios, y de la participación de media docena de magistrados. Este incidente se resuelve en un requerimiento de un par de líneas sin objeción alguna, en el caso de los comunes mortales. Por fortuna, el esfuerzo de intercepción no surtió efecto. Los despliegues injustos en sí mismos no dañan a la persona afectada, sino que repercuten directamente sobre la Corona que el artificio pretendía salvaguardar. Felipe VI paga el comportamiento de su padre y de su hermana, que podría haberse amortiguado si no amortizado facilitando la acción siempre grosera de los perros guardianes.

El protocolo se ha vuelto a aplicar a rajatabla en el caso de la Guardia Civil. El Gobierno ha descabezado a la institución armada sin ofrecer ni una somera explicación en torno al mayor trajín de jerarquías desde el 23F. Al contrario, se pretende endosar la especie de una cadena de cambios rutinarios, en otro ensayo de infantilizar a la población. En honor a la verdad, tampoco los perros guardianes muestran un interés inusitado por conocer los detalles del quebranto. El objetivo vuelve a ser la preservación de la institución, a falta de saber la utilidad de una estructura carcomida.

Todo puede criticarse, a condición de que no se critique. Cuando el incauto ponga manos a la obra, descubrirá en qué consiste el desvalimiento del individuo frente al poder. No hay instituciones sagradas, ni siquiera ante el peligro de excesos inflados, porque afectan a unas pocas decenas de personas que polarizan los garrotazos destinados en principio a instancias de mayor enjundia.

En un mundo en que las coincidencias ya no existen, la pandemia incorpora a los intocables el enunciado disuasor "no es el momento". Como en "no es el momento" de ejercer la oposición, o "no es el momento" de derogar la reforma laboral de Rajoy. Y desde luego, "no es el momento" de preocuparse por los paseos ginebrinos del Rey. La protección por la inoportunidad niega por ejemplo a Pedro Sánchez la capacidad sobrada de enfrentarse a sus rivales. Constituida al amparo de la pandemia, la tesis del instante inadecuado demuestra la exactitud de definir al virus como "el enemigo invisible", aunque el término fuera acuñado por Donald Trump. Esa característica permite invocarlo a voluntad, porque lo invisible siempre está presente. O rechazar su presencia con la misma arbitrariedad, porque lo invisible siempre está ausente. Y así se labra el silencio cuando asoman las facturas al final del túnel.

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