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El turismo es una actividad económica precaria, estacional y de bajo valor añadido. Quien dijo la frase anterior es nada menos que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, en comparecencia ante el Congreso de los diputados. Cuesta trabajo saber si se trataba de una más de las fintas políticas a las que nos tiene acostumbrado el gobierno de coalición o de simple desconocimiento por parte del señor ministro, aunque es probable que ambas hipótesis no sólo sean compatibles sino hasta complementarias. Pero, sea como fuere, vamos a tener la posibilidad de comprobar de forma empírica lo que el señor Garzón imagina. Por más que, en su narración de todos los días del devenir de las dos crisis, la vírica y la económica, el presidente Sánchez haya dicho que el turismo volverá en el mes de julio, nadie en su sano juicio cree que eso significa que nos encontraremos, como por arte de birlibirloque, en la misma situación que en el mes de julio del año pasado. Lo cierto es que no tenemos ni la menor idea de cómo será esa vuelta porque si a algo es sensible el turismo, es a los temores del tipo que sean. Bueno; el año que viene sabremos lo precario y prescindible de la actividad que generaba casi el 13% del PIB.

Eso por lo que hace a toda España, claro es. Para nuestro archipiélago, el turismo es por desgracia pero de forma hoy por hoy forzada el monocultivo del que vivimos. No siempre fue así; a finales de la primera mitad del siglo XX Mallorca contaba con una agricultura exportadora a Europa que generó un periodo de notable prosperidad. Y hasta casi finales de siglo Menorca era un modelo de equilibrio entre los sectores primario „ganadería„, secundario „bisutería y calzado„ y terciario „turismo„ pero ya no es así. Con lo que nos enfrentamos con una amenaza gigantesca.

Ya pasamos por otras y salimos de ellas. En el último tercio del siglo XIX la proliferación de las vides, que permitieron la aparición de una nueva clase de campesinos con pequeñas fincas, fue otro momento de bienestar económico hasta que la filoxera „otro parásito letal„ sumió a Mallorca a la ruina; a principios del siglo XX la hambruna llevó a que pueblos como Andratx quedasen abandonados por completo. Los almendros primero y el turismo después devolvieron la prosperidad a la isla pero narrar la Historia con los siglos como unidad de medida lleva a olvidar la tragedia de la vida de las personas que se cuenta por días, semanas, meses y años. Consuela poco saber que estas islas volverán, a la larga, a la riqueza si por medio se quedan dos o tres generaciones condenadas a vivir en la miseria. Una amenaza no sólo atisbada por la crisis a la que nos ha llevado la pandemia del coronavirus sino por la manera como el Gobierno se enfrenta (¿) con ella. Que el señor Garzón siga siendo ministro de Consumo o de lo que sea retrata bien qué es lo que nos espera.

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