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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

El sucio manoseo que enfanga la bandera

La enseña que supuestamente debería representar a todos, por ser la constitucional, se convierte en propiedad exclusiva de la derecha, que no duda en blandirla como arma ofensiva

En España llevamos desde siempre bregando con los símbolos del Estado, que se supone deberían ser comunes. No lo son. No parece plausible que lo sean en un futuro. Veamos: la bandera actualmente vigente, la bicolor, es cosa de las derechas, cuando más extremas, mejor. Vox, PP y Ciudadanos la enarbolan con un propósito definido: restregarla por la cara a las izquierdas en general y a los nacionalistas catalanes y vascos con especial énfasis. Las izquierdas, cuya matriz emotiva sigue siendo la tricolor, roja, amarilla y morada, de la Segunda República, aceptan la constitucional con frialdad, caso del PSOE; no la aceptan, Podemos, o simplemente la ignoran, vascos y catalanes, que solo reconocen la ikurriña y la senyera. No hay más. Y no hay manera. A la actual bandera oficial, se le eliminó del escudo, por iniciativa del socialista Luis Solana, el águila de San Juan, incorporada por los golpistas de 1936 cuando eliminaron de un plumazo la bandera de la República con la que inicialmente se sublevaron. La dictadura franquista manoseó obscenamente la bandera, hasta hacerla literalmente odiosa para la oposición clandestina, exilada y perseguida de izquierdas. La Constitución de 1978 la incorporó sin que nadie rechistara (el comunista Santiago Carrillo llegó a exhibirla en una reunión del comité central del PCE recien legalizado para aplacar la ira de los militares). Lo dicho: tenemos un problema con los símbolos que no hay manera de que sean comunes. Afortunadamente el himno oficial carece de letra. Los intentos de incorporársela han generado masiva rechifla. Ni tan siquiera durante la dictadura el general Franco se atrevió con ello. El cursi de Pemán, poeta monárquico del afecto del general, fracasó en el intento.

Ahora viene Vox para hacer de la bandera su santo y seña. Reviste sus actos con la misma. Se visten con ella. La lucen a modo de capa y espada, la incorporan a sus ridículas pulseras, hasta aparece en las mascarillas negras con las que el coronavirus obliga a cubrirse la cara. La cuelgan de sus balcones. En Madrid, allí donde la derecha gana holgadamente las elecciones, la bandera prolifera. En los proclives a la izquierda apenas se ve o no las hay. En Palma nunca han sido abundantes. Aquí no somos dados a efusiones patrióticas de ningún género. Los nacionalistas mallorquines llevan décadas mordiendo el polvo en su estéril pugna por hacer visible la senyera cuatribarrada. En Cataluña gana abrumadoramente.

El sábado, la ultraderecha copó las calles de España para manifestarse. Las banderas ondearon al viento. Cada automóvil lucía más de una. La alegre muchachada de Vox, con sus capas rojigualdas, provocaba. Algunos de ellos se encaraban chulescos con los ciclistas que solicitaban poder discurrir por su carriles. A una chica la llamaron "escoria" y escupieron a sus pies. Al recriminarles la acción, se encararon amenazantes. Andan crecidos. El éxito de ver cientos de automóviles, gente aplaudiendo desde las aceras, les hizo gallearse. La calle es suya. Hasta pudo observarse a algún mando policial saludando y sonriendo cómplice el paso de la patriótica caravana por las avenidas de Palma. Regalo para el PSOE. Problema serio para las menguadas expectativas del PP.

El PP, y qué decir del desnortado Ciudadanos, nunca podrán igualar la apuesta que plantee Vox. Este siempre pujará más alto en el envite para deslegitimar al Gobierno de España, por poner sedicentemente en cuestión el orden constitucional que ha posibilitado la formación de un Gobierno "socialcomunista". El uso espúreo de la bandera por parte de la derecha, porque Vox, PP y Ciudadanos se la disputan, qué sugerente fue la foto madrileña de la plaza de Colón, cuántos réditos electorales obtuvo el PSOE, la hace todavía más bandera de parte. Lo ha sido siempre. La izquierda nunca la aceptará. Solo la tolera por imperativo legal.

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