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El pensamiento mágico

La Gran Recesión de 2008-2011, la globalización y la posverdad han destruido los vínculos sólidos sobre los que reposaba la confianza entre votante y cargo electo, de tal forma que los elegidos se sienten liberados de las demandas de sus votantes. Por el contrario, trasladan la tensión de su función representativa, por una parte, a su partido político que es quien fija la posición; por la otra, al gobierno. A su vez, éste está mediatizado por los lobistas con intereses especiales (grandes corporaciones y otros) y por los entes supranacionales (UE, pinza EEUU-Reino Unido y otros). A lo anterior, súmenle el Covid-19 y tendrán un marco completo de la deprimente situación a la que nos vamos a enfrentar recién acabado el verano.

Rememorar el pasado para enfrentarse al futuro podría servir para mitigar las consecuencias de la pandemia.

El inicio de la Gran Depresión de octubre de 1929 fue como un jab de Evander Holyfield. No lo veías venir. En seis días la Bolsa de Nueva York se hundió tras subidas ininterrumpidas de nueve años. El marco, como ahora. En los felices años veinte los americanos se volcaban entusiasmados en la producción y adquisición de bienes que consumir atolondradamente. Entonces el motor industrial eran los coches y los electrodomésticos. Ahora la ropa barata de usar y tirar, la enorme oferta que captura tu intimidad y tu capacidad crítica bajo el nombre de "tecnológicas". El público sin cultura financiera también compraba acciones en Wall Street. Como ahora. Y de eso tampoco hemos aprendido. Los sucesivos gobiernos no han sabido dotar de mayores poderes reguladores a la CNMV para evitar estafas bancarias al por mayor.

Hasta que el 24 de octubre, Jueves Negro, la bolsa cayó un 9%, y cinco días después, el 29, el Martes Negro, se hundió. Se vendieron 16 millones de acciones con enormes pérdidas. A esto le siguió un deterioro económico fabuloso como consecuencia de la pérdida de confianza de empresarios y consumidores. Miles de empresas que no habían constituido reservas o liquidez cerraron: supuso la destrucción de muchísimos puestos de trabajo y un fortísimo descenso de la producción. Y así durante diez larguísimos años en los que miles de personas deambulaban por los EE. UU. mendigando o delinquiendo y malviviendo en poblados de chabolas. Largas colas de personas en busca de empleo y multitud de vagabundos que pedían comida a lo largo de las vías de ferrocarril. Aquí y ahora también. INEM, SOIB y lo desbordadas que se encuentran las entidades que altruista y generosamente gestionan el hambre, lo acreditan. Al crack de 1929 siguió lo que ahora es uno de los muchos bulos de Whatsapp: la gente acudió a su entidad financiera a retirar su dinero. Ahora, lo mismo. La Caixa ya ha abierto oficina en Luxemburgo.

El presidente Roosevelt reaccionó rápidamente y de 1933 a 1935 sacó adelante los llamados New Deals; dos acuerdos o paquetes de medidas económicas que fueron aprobados por el Congreso cuando el paro se cebaba con casi el 25% de los trabajadores. Casi al final de su legislatura retomó la opción del recurso al déficit presupuestario defendido por el keynesianismo del economista británico John Maynard Keynes. Ahora la UE ya ha abierto esa puerta, también.

El Washington Post, el Financial Times y Los Angeles Times coinciden en que el pronóstico de la carnicería económica dependerá de la duración de la epidemia y de sus rebrotes, y que la recesión probablemente superará a la de 2008-2011. La producción económica de EEUU que ha crecido sin interrupción durante diez años y medio podría caer hasta un 9% en 2020. En el apogeo de la Gran Depresión de 1932, la economía se contrajo un 12,9%. El cierre de negocios ha llevado a una explosión de despidos sin precedentes. Desde marzo hasta abril el paro americano ha crecido del 4,4% al 14,7%. Una salvajada en el contexto del país más rico del mundo.

Si se cumplen los pronósticos en los EE UU y en julio se atenúa el virus, se espera un rebote de dos dígitos en el crecimiento del PIB y la recuperación de la mitad de los empleos perdidos en estos tres meses. Pero luego se volverá más difícil porque, aunque el virus habrá retrocedido, persistirá un crecimiento de empleo débil y un desempleo persistentemente alto, ya que la aprensión al virus afectará a los viajes, el comercio y los negocios.

Nadia Calviño apuntaba el viernes 22 de mayo que no era adecuado plantearse una reforma laboral en profundidad en estos momentos de tanta incertidumbre y malos augurios económicos. Si establecemos un paralelismo con la América de 1929-1939, vemos que los indicadores son muy similares: no por el hecho de entrar en fase 2, ir a la playa o volver a las terrazas a tomarnos nuestras cañas se va a resolver el problema.

El infantilismo humano tiende al pensamiento mágico. A creer que la ciencia lo arreglará todo, a encomendarnos a la vacuna, que nadie en su sano juicio espera antes de un año. O a que el Estado resuelva la papeleta. El problema es que el Estado también está en la UCI y sólo resolveremos esto con acuerdos. La chiquillería ya ha evidenciado que no se solucionará con grandes acuerdos, por lo que habrá que procurar que sean muchos y pequeños. No confiamos en los New New Deals, pero ¿a quién no le encantó Macondo?

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