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María Amengual

¿Qué futuro?

Dudo que una sociedad infantilizada que busca la gratificación inmediata vaya a preocuparse por el porvenir

Hace unas semanas, les comenté en estas mismas páginas que no tenía demasiada fe en que esta pandemia nos hiciera mejores. Ni como personas, ni como sociedad. Les decía que no confiaba en que nos sirviera para darnos cuenta de la importancia de invertir en sanidad, o en investigación. Que no era sino una forma de expresar mis dudas acerca de si una sociedad infantilizada que busca -demasiadas veces- poco más que la gratificación inmediata iba a cambiar de repente sus prioridades y preocuparse por el futuro. Creo muy poco en la bondad intrínseca del ser humano. En esta vida, he conocido a mucha gente maravillosa y honesta. Pero no tengo claro que superen en número a los miserables y egoístas. Para que no piensen que únicamente voy a pontificar, les diré que también creo muy poco en mi propia bonhomía. En un mismo día, puedo ser la mejor y la peor persona del mundo.

Si pienso en el futuro, me vienen a la cabeza los niños. Encerrados durante semanas -en muchos casos en pisos sin luz natural, ni espacio- como en pocas zonas del mundo, demasiadas veces sin medios materiales para seguir con su aprendizaje y sin ningún tipo de contacto social, más allá de una pantalla. No caigamos en el error de pensar que, porque son pequeños, no sufrirán las consecuencias psicológicas de todo lo vivido. Todavía no sabemos cómo van a volver al colegio en septiembre. Va a ser muy complicado meter a más de 20 niños en un aula con todo eso de la distancia social y las medidas higiénicas para evitar un rebrote. La tarea es colosal, viendo las experiencias de otros países. Espero que no nos pille -otra vez- el toro cuando se acerque septiembre.

Sabemos cómo y cuándo va a volver la Liga y el turismo. Pero desconocemos protocolos para el regreso a la actividad lectiva. Aquello de la gratificación inmediata. Puede que el prefijo 'tele-' haya llegado para quedarse; en el trabajo y en la educación, al menos de forma parcial. Pero lo peor de todo es leer los argumentos de quienes critican esta falta de protocolo: que a ver cuál va a ser la solución para los padres. Me temo que incluso para algunos progenitores, la máxima preocupación es dónde van a poder dejar a los críos cuando empiecen a trabajar. Como si conciliación fuera sinónimo de educación. Como si hubieran olvidado de quién es la responsabilidad primera.

Los mismo puedo decirles del modelo turístico. Hace años que avisamos de los inconvenientes de que se nos asocie a un destino de masificación y borrachera. De apostar por el 'cuantos más, mejor'. Obviando que se pueden ganar tres mil euros con la llegada de diez turistas, pero también con la de uno solo. Depende del producto que ofrezcas, claro. Una tenía -o no, a quién quiero engañar- cierta esperanza de que, al volver a ver las playas vacías y las aguas cristalinas como hace décadas, le diéramos una vuelta a la conveniencia de que no vuelvan a parecer hormigueros. Este año -al menos- únicamente nos visitarán quienes conserven cierto poder adquisitivo. Si es que lo hacen, porque muchos ya cambiaron de destino. No estaría de más aprovechar esta crisis para asegurarnos su fidelidad. Y eso pasa por evitar que, cuando vengan, se encuentren un atasco eterno, a compatriotas vomitando hasta su primera papilla en la acera, o playas llenas de altavoces o chiringuitos con la música a todo volumen. Puede que estemos a tiempo de pensar en el futuro.

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