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Norberto Alcover

En aquel tiempo

Norberto Alcover

La muerte escondida

Se trata de llorar a los muertos, miembros de una generación histórica sobre cuyas huellas vivimos

Una de las imágenes más impactantes de los últimos meses, es la de un camión varado a la entrada de un edificio del Reino Unido, y cuyo contenido resultó ser de 39 inmigrantes vietnamitas asfixiados. Uno de ellos pudo telefonear a su madre y comunicarle que se estaba muriendo, sin más. Se organizó un gran revuelo, pero del asunto no hemos sabido más. Cosas de la refrigeración deficiente. Además, eran ilegales, y por ello mismo inexistentes. Seguramente fue antes de la pandemia, cuando la inmigración soliviantaba nuestras conciencias, de la misma forma que lo hacía el calentamiento global. Mirando hacia atrás, he acabado por considerar este asesinato, o bien homicidio involuntario a la moda, un preámbulo de la incapacidad de rebelarse el ser humano ante la trampa de la vida, o si prefieren, de la historia. Muy semejante a la agresión de la pandemia, pero de otra manera, como tantas otras cosas que jamás comprenderemos y sin embargo nos agreden. Y de esta barbaridad, paso a otra noticia permanente y actualísima.

Parece que el 92% de los fallecidos por el coronavirus y el 70% de los hospitalizados por la misma razón, son personas de más de 60 años, con específica incidencia en la década de los 70-80. Y la imagen más fehaciente del desastre que tales cifras significan para toda una generación de españoles, es la de los féretros alineados en improvisadas morgues a lo largo y ancho de nuestra geografía, con especial protagonismo de Madrid y Barcelona. En estos féretros, miles de hombres y de mujeres que soportaron y activaron el franquismo, la Transición, el advenimiento de la democracia, nuestro ingreso en la UE, la creación del Estado de Bienestar, las sucesivas crisis y su superación, la política dialogante, hasta desembocar en esta tremenda situación que nos aflige en todos los ámbitos de la vida, en esos féretros, cerrados, carne de cementerio o de incineración, descansa, insisto, gran parte de nuestra memoria histórica, mucha de la que apenas se comenta en las aulas escolares y universitarias. Son los abuelos y abuelas, a los que tan siquiera se aplaude porque, en realidad, resultaban molestos para la Seguridad Social y todo este asunto de las pensiones. Un virus y un camión asesinos, una ofuscación de la responsabilidad moral en el caso del camión, y una selección de prioridades, tantas veces, en nuestro caso pandémico. Inmigrantes ilegales y ciudadanos del todo punto legales han pasado a mejor vida desde un camión y desde cualquier hospital en que trabajadores admirables intentaron detener el mal y no pudieron. Faltaba lo indispensable y sobraba pandemia. Médicos y sanitarios los vieron morir sin poder evitarlo. No estábamos preparados y además llegamos un tanto tarde a la cita con ese fantasma revenido y que se llama muerte.

Si les interesa, les recomiendo los textos de Adela Cortina sobre la ética en general y ética ciudadana, y, sobre todo, por su practicidad, el titulado 10 palabras claves en ética, después de cuya lectura se abre ante el lector, de forma fundamental, el panorama ético que invade nuestra conciencia personal y colectiva. Cortina y sus colaboradores, indagan en algo tan básico como "la conciencia moral" y en algo tan de moda como es "la felicidad". Esa felicidad que a todos nos parece necesaria y debida, pero cuyo rostro tendremos que matizar tras estos meses inesperados y destructores. Pero todavía más cercano, contamos con un texto de nuestro conciudadano Joan Bestard, titulado Diez valores éticos, una de las mejores aportaciones de la Iglesia mallorquina al debate axiológico estos últimos años. Insisto en que se trata de dos textos perfectamente legibles y sobre cuya seriedad no cabe duda. Y los sugiero porque en estos momentos se hacen precisos fundamentos para comprender la situación estrictamente antropológica de la existencia humana.

Sin esperarlo, nos ha alcanzado el momento de grandes interrogantes, sin que la solución, en la medida que la hay, quede encerrada en la ciencia. La ciencia explica lo inmediato, pero en absoluto "el sentido de lo inmediato". Son los valores en cuanto tales, en los que se despliega toda una eticidad humana, los que nos permiten preguntarnos y respondernos en profundidad sobre cuanto nos sucede, sus razones de ser y sus prospectivas hacia el futuro. Solamente con ciencia no se llora los ataúdes en lugares inhóspitos. Y si no basta la ciencia en cuanto tal, tampoco basta la política que, según nuestros responsables gubernamentales, se sitúa, como un furgón decola, tras la máquina científica. Quienes piensan, quienes valoran, quienes aman, en fin, debieran aparecer con más frecuencia en los medios públicos para contrarrestar la frialdad monolítica de los portavoces sanitarios y, en fin, científico. Una lástima no contar con ellos y ellas cuando tantos hay. Una lástima.

No se trata en este momento de criticar acciones gubernamentales no tampoco de la oposición porque tales críticas inundan nuestros medios diariamente. Se trata de llorar a nuestros muertos, todos ellos o casi todos miembros de una "generación histórica" sobre cuyas huellas hemos vivido un montón de años y cuya permanencia sería adecuado respetar. Mantener su memoria se erige, en estos momentos, en la tarea más relevante de la sociedad actual, en España en el mundo entero: son los soldados caídos en esta gran batalla pandémica, porque la guerra de que tanto se habla se dirime en zonas mucho más profundas, que tienen que ver con la "dimensión ética" citada y urgida. Esa dimensión a la que, en general, tan poca atención préstamos. Y uno piensa, no sin aguda inquietud, que dejamos de lado la Ética porque, previamente, hemos abandonado la Filosofía en la que se ha cocido el caldo y cultivo de Occidente. Pensar nunca pasará de urgencia. Pensar para ser y proceder.

Vietnamitas asfixiados. Ciudadanos muertos. Negocio de la inmigración. Selección material. Nueva "generación perdida". Heroísmo vestido de verde y con mascarillas, quienes las consiguieron. Ataúdes. Silencio y aplausos. Recuperación de la vida social, amigable y callejera. Urgencia de ética y de filosofía para conjugar sin reparo felicidad y muerte. Eticidad y pensamiento. Memoria y futuro. Les debemos algún tipo de luto nacional. Un silencio agradecido. Y, sobre todo, la práctica privada de sus cualidades y virtudes. Un detalle.

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