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Sol y sombra

Una ceremonia de la confusión

He cambiado tantas veces de refugio, a lo largo de mi desconcierto, escribió Samuel Beckett, que me sorprendo confundiendo antros y escombros. Por eso debe de ser que no sé todavía qué tipo de mascarilla ponerme, cuál es la indicada y cuál no, porque los aprendices de brujos que gobiernan nuestro caos han jugado hasta ahora con todas las opciones. Primero y presumiblemente por necesidades de mercado dijeron que no había motivos para usarlas; luego que sí era recomendable utilizar un tipo específico; más tarde, incluso a la vez, aconsejaron otro modelo, y, al final, solo tenemos medio claro que la mascarilla es obligatoria en espacios abiertos y cerrados siempre y cuando no se guarden las distancias de dos metros. Esto último sí parece coherente porque la enfermedad, como tantas otras, se transmite por gotitas y a través del contacto estrecho. La propia Organización Mundial de la Salud, que también tuvo sus vacilaciones al respecto, nos ha conducido directos a los escombros de la perplejidad al reconocer ahora que no encuentra pruebas de contagio del virus por contacto con objetos, después de que nos hayamos desgastado la piel lavándonos las manos y cansado de depurar con lejía las bolsas de los alimentos para supuestamente protegernos. A pesar de ello, la OMS sigue recomendando la desinfección de cualquier material o superficie si ello supone tranquilidad. Es imposible alejar la sensación de que estamos en manos de incompetentes y que en la era de las comunicaciones los que han fallado son precisamente los comunicadores que se han dedicado a desinformar sobre la catástrofe de la salud pública en la que nos hallamos inmersos como si viviéramos en una interminable ceremonia de la confusión. O eso, o se ha mentido de manera tan reiterada como especulativa por una conveniencia que en la actualidad muda y toma el sentido contrario para sumirnos una vez más en el desbarajuste. Quién sabe.

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