10 de mayo de 2020
10.05.2020
Diario de Mallorca
Tribuna

Anticipar las amenazas por la COVID-19 en tiempos de desescalada

Nuestros vecinos más mayores que viven solos están en muchos casos en hogares que no reúnen las condiciones adecuadas

10.05.2020 | 02:45
Anticipar las amenazas por la COVID-19 en tiempos de desescalada

Si no nos hemos descontado, al redactar este texto llevamos 53 días de confinamiento, o algo menos, si restamos las horas al aire libre que hemos conseguido en esta fase de desescalada. En todo este tiempo hemos instaurado nuevas rutinas. La hora de los aplausos, que es también ahora la del encuentro con los vecinos, es una de ellas. Esos cinco o diez minutos de charla diaria que alargamos, manteniendo la distancia reglamentaria, en la hora del deporte, en la de pasear la mascota o en la de tirar la basura. Muchos no necesitamos estar pendientes de la hora porque tenemos vecinas que se encargan de hacerlo. Nuestros amigos cuentan que una de ellas que ronda los 90 años, aparece cada día puntual con un silbato y una campanita. Asoma para recordarles que ha llegado la hora de salir a la ventana, al balcón o a la terraza. Que es la hora de aplaudir para mostrar respeto y agradecimiento a los profesionales sanitarios y a quienes están en primera línea, para que los demás podamos quedarnos en casa. Sale también a recordarles que vive sola y necesita ver a sus vecinos para charlar un poco con ellos.

En estos días de memoria selectiva etiquetada como la Covid-19, vale la pena reflexionar sobre la desigualdad, también en el confinamiento. En España más de la mitad de la totalidad de personas que viven solas son, como esa vecina, personas mayores de 65 años. El confinamiento para estas más de 2000 personas (850.000 mayores de 80 años) las ha privado de sus actividades y rutinas cotidianas, de estimulación sensorial y de contacto social. Y las ha encajado como grupo de riesgo. Ello significa tener una percepción más negativa de la situación que estamos viviendo y mayor sensación de vulnerabilidad y miedo. No es extraño, porque en general y en este contexto y situación, es normal experimentar ansiedad, depresión y aislamiento social. De hecho, tal como se ha recogido de otras pandemias como la SARS o el Ébola, los procesos de confinamiento acaban acumulando y desencadenando procesos de estrés post-traumático, depresión, insomnio, irritabilidad o agotamiento, entre otros problemas de índole mental. También emociones negativas como la tristeza, el miedo, la culpa o el nerviosismo. Efectos que podrían prevalecer hasta incluso 3 años después de poner fin a las restricciones de movilidad.

Nuestra vecina, nuestros vecinos más mayores que viven solos, están en muchos casos en hogares que no reúnen las condiciones adecuadas. Tampoco disponen de los medios tecnológicos para relacionarse y están además sometidos a una tensión muy importante derivada del temor al contagio y de las consecuencias del propio confinamiento. Ahora, por fin, ha llegado el momento de salir un rato cada día para ir recuperando poco a poco la movilidad perdida, la actividad sensorial, las relaciones vecinales, la seguridad de pisar y recorrer un territorio conocido. No es una tarea fácil, porque el sentirse población vulnerable aporta un plus de anticipación de consecuencias negativas. Ello puede influir en la toma de decisiones de conquista de la libertad perdida, de creer adentrarse en una zona peligrosa, en el sentido de contagiosa en relación al coronavirus. De hecho, en el estudio que realizamos la primera semana de confinamiento con dos compañeras del grupo de investigación GIFES de la UIB: Lydia Sánchez y Marga Vives sobre la percepción de riesgo en grupos vulnerables en Baleares, obtuvimos un 9,6% de distrés en la muestra estudiada, y en una fase de la pandemia en la que los datos de contagios y muertes nada tenían que ver con los actuales. Al respecto, estudios similares como el realizado con una muestra nacional china apuntaron un 35% de distrés al final de la pandemia (un 26,9% superior al inicio de la misma).

Es cierto que en estos días hemos tenido ocasión de ejercitar nuestras mejores virtudes y valores en el ejercicio de la vecindad. Ahora que estamos todo el día en casa podemos evaluar en toda su realidad cotidiana la situación de quienes tienen mayores necesidades y ofrecerles nuestra ayuda. De hecho, ese ejercicio de prestar atención a quienes nos rodean ha dado como resultado muchas acciones de solidaridad vecinal. En este proceso de desescalada es muy necesario seguir ejercitando dicha solidaridad. Dedicar atención específica y especial a las personas mayores que viven solas y están expuestas a mayor distrés y mayor anticipación de consecuencias negativas, vinculadas a la salida al exterior, porque tienen mayor necesidad de atención y apoyo para volver a la normalidad, sea la que sea.

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