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Matías Vallés

Los 'fakes' del gobierno

En medio de una carnicería por encima de un centenar de 11M, el ejecutivo provinciano se concentra en la desarticulación de tuiteros

Aprovechar la mayor catástrofe del siglo para rescatar la unidad provincial no refleja el vigor recentralizador de un Gobierno, sino la rabia pueril ante sus desastrosos resultados en la gestión de la pandemia. El gabinete provinciano debe moderar sus ansias por sojuzgar a los confinados de larga duración. Existe el peligro de que los ciudadanos miren hacia Madrid, para comparar las cifras de contagiados o fallecidos y preguntarse a continuación por qué en esa provincia no se adoptaron medidas más radicales de aislamiento. Porque se trata de la capital, simplemente.

En una victoria de la redirección de la actualidad, el Gobierno ha logrado que la pandemia mortífera y la situación económica no menos letal pasaran a un segundo plano. El auténtico problema que asola a España son los bulos, que deben paliarse como premisa para recuperar la salud y el dinero. Hasta qué punto ha fallado el Estado a sus ciudadanos, para que deba refugiarse en la persecución de los fakes ajenos ocultando cuidadosamente los propios.

En medio de una carnicería equivalente ya a casi un centenar y medio de 11M, el ejecutivo con voluntad provincial se concentra en la desarticulación de tuiteros. El truco de desviar la atención ya fue ensayado para esconder los efectos de la crisis financiera. En aquellos momentos se trataba de consagrar la figura inmaculada de Carrero Blanco, y ahora de proscribir cualquier pronunciamiento contra la supuesta verdad oficial en torno al coronavirus. Otra diferencia no banal es que el primer atentado contra la libertad de expresión corría a cargo de un Gobierno del PP, a quien la derecha se le quedaba estrecha. Ni las medidas ni los argumentos han cambiado con Podemos de guardia en La Moncloa.

Si se trata de corregir las falsedades, habrá que suprimir aproximadamente los dos tercios de la información oficial transmitida este año sobre el coronavirus. El portavoz Fernando Simón ha infringido todas las normas de la comunicación científica, se ha puesto al servicio de la propaganda. La ciencia no nació para aplaudir a la Guardia Civil, y probablemente viceversa. El "puñado de casos" de febrero suena hoy como un puñetazo en medio de la morgue. Las comparaciones con "una gripe" se adentran en la afrenta a las víctimas.

Se alegará que en enero y febrero se ignoraba la magnitud de la amenaza, pero sería más exacto admitir que se subestimó. Además, el volumen de incorrecciones crecerá conforme se desarrolla la gestión de la pandemia. La validez científica de los postulados también caduca, sin necesidad de remitirse a las polémicas sobre el tabaquismo o a Luc Montagnier, el científico francés que obtuvo el Nobel por identificar el virus del sida y que insiste en que el coronavirus surge de un laboratorio. En España, la hipótesis le hubiera ganado la visita de las fuerzas del orden que controlan el "estrés social", probablemente el más depurado de los términos orwellianos desarrollados por la pandemia.

La mortandad prosigue a buen ritmo, mientras el Gobierno multiplica el número de personas dedicadas a indicar a la población cómo debe comportarse. Intuir una voluntad supresora de las libertades implica una ambición excesiva para este ejecutivo, sale más barato aplicarle simplemente el "espíritu de la institutriz", perfectamente ejecutado por María Jesús Montero, Celáa o Pablo Iglesias.

Mientras el Gobierno interviene escandalizado el "mercado de las ideas" que el juez Oliver Wendell Holmes consideraba indispensable en democracia, Angela Merkel cambia de opinión de la noche a la mañana sobre el cierre anticipado de las escuelas. Actuaba a instancias del virólogo Christian Drosten, el espejo en que desgraciadamente no se ha mitrado Simón. La cancillera también modificó con rapidez su escepticismo sobre als mascarillas.

Macron ha ido un paso más allá, al admitir que había adoptado "medidas fracasadas, fallidas o insuficientes". En la línea de la autodescalificación que ya afinó para neutralizar a los chalecos amarillos, el presidente galo se muestra dispuesto a "reinventar Francia", pero con un matiz impensable en España, "yo el primero". También el hoy aclamado Andrew Cuomo sostenía que "ni siquiera pensamos que en Nueva York sea tan malo como en otros países".

Macron, Boris Johnson estrechando la mano de los primeros contagiados, Merkel o Cuomo no han tenido ninguna dificultad en admitir errores personales. La infalibilidad gubernamental por decreto de alarma solo impera en el país más castigado por el coronavirus. Sánchez vigila las formas, Portugal se ha salvado de la pandemia sin multar las infracciones del confinamiento.

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