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Jose Jaume

Desde el siglo XX

José Jaume

La batalla campal (política) del coronavirus

En esta contienda a buen seguro no se harán prisioneros porque será una guerra de exterminio; el marasmo económico se considera secundario

Como la cosa va de lenguaje bélico hagamos uso del mismo: en España se ha desencadenado (estamos en los prolegómenos) una durísima batalla política, que ha utilizado como vector argumental en la que apuntalarla la acometida de la pandemia. Será, no hay que dudarlo, una contienda en la que no se van a hacer prisioneros. Sigamos con los símiles bélicos: se parecerá a la guerra de exterminio que se libró en la Europa del Este, en los territorios de la desaparecida, para consternación del autócrata Putin, Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. El pacto de reconstrucción o como quiera denominarse propuesto por el presidente del Gobierno no va a ser posible. El PP de Aznar y Casado, derecha de toda la vida, alberga un único objetivo: acabar con la coalición gobernante. Lo demás es secundario, incluido el marasmo económico que ya se ha materializado. El PP acepta retóricamente crear la comisión parlamentaria para negociar las medidas a tomar. Lo hace para que le sirva de amplificador de su diatriba, bronca, sin matices, absoluta, contra la que dice entender desastrosa gestión del Ejecutivo "socialcomunista". Fiel a sus profundas querencias, el PP persigue la aniquilación del indecente, negligente, golpista, y a ratos criminal Gabinete de Pedro Sánchez. Pablo Casado, que no puede dejar de votar a favor del estado de alarma, so pena de ser apercibido públicamente por los poderes europeos a los que igual que Sánchez debe atenerse, sabe que su suerte corre de la mano del ansiado desmoronamiento del líder del PSOE. Si consigue que en unos meses el Ejecutivo haga aguas y se vea obligado a ofrecer una rendición casi incondicional (no abandonemos la terminología guerrera) habrá ganado la batalla del coronavirus y aguardará con relativa seguridad el momento de acceder, elecciones mediante, a la Moncloa.

Esa es la convicción que se tienen en las FAES de Aznar, donde radica la auténtica sala de máquinas del PP, derechizado al máximo, pues en una cercana cabeza de playa se ha hecho fuerte VOX, que espera paciente el momento de penetrar profundamente en territorio hasta ahora adverso. Desde luego para tales propósitos no le falta al PP el entusiasta acompañamiento de la mayoría de medios de la capital del Reino. ¿Es altamente probable que se dé esa situación? No parece razonable que nadie esté en disposición de ofrecer respuesta fiable. Las incertidumbres son demasiadas. Algo sustancial tendrá que ver en el desenlace la respuesta europea, y los síntomas no son especialmente favorables a los intereses de la aguerrida derecha hispana, la del cuanto peor, mejor. Esta vez, y a la espera de concreciones, el sur europeo no quedará abandonado a su suerte o sometido al rescate financiero como aconteció a partir de 2008. La hecatombe es demasiado intensa para que Alemania reitere el esquema que dejó cadavéricas a las clases medias del sur y literalmente en la indigencia a las bajas.

Entonces ¿puede salvarse la coalición de izquierdas? El PSOE ha demostrado sobradamente la capacidad casi infinita de sobrevivir a tempestades fuera de lo común. La trayectoria de Pedro Sánchez, no es necesario recordarla, es la de alguien capaz de sobreponerse a todo y a todos. Siento que le llegará el momento de abandonar la escena, pero no debería apostarse a ciegas que lo hará tal como desean Aznar, Casado y determinados viejos líderes de su partido, además de dirigentes regionales, entre ellos el manchego García Page, que ha arruinado torpemente las posibilidades de desempeñar un papel futuro en la política estatal.

Sánchez, su gobierno, han cometido graves errores en la respuesta dada a la pandemia. Eso deberá tenerse muy en cuenta; no son unos criminales, tampoco se han comportado indecentemente. Han sido contradictorios, ineficaces en ocasiones, preguntémonos qué ha sucedido en Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia? Tal vez la única que puede ofrecer un balance globalmente positivo es Angela Merkel; y no nos olvidemos del portugués Antonio Costa. El milagro luso causa estupefacción. Por cierto, en la esquina occidental de Iberia rige un gobierno socialista. La mayoría que lo sustenta es "socialcomunista", y la derecha es la antípoda, en su comportamiento, de la irresponsable y estridente que personifica el PP de Aznar y Casado.

En España, además, hay un beligerante desquiciado, definitivamente enloquecido: la derecha independentista catalana. Atender a lo que dice Torra y algunos integrantes de su gobierno ( Budó se ha hecho acreedora de que se conceda la cruz de hierro) provoca repugnancia. Deja estupefacto. Con ello hay que contar. Quién iba a decir que los intereses de PP y Vox acabarían por ser coincidentes con los del independentismo catalán, acampado en los márgenes de la extrema derecha racista. Estamos asistiendo a esa confluencia. Lo que queda de la vieja convergencia pujolista, fiel al hoy silente Puigdemont, seguro que sorprende a no pocos veteranos dirigentes nacionalistas. ERC es corresponsable del desaguisado por soportar semejante compañía sin hacer trizas el pacto que les une. Debe de ser por aquello del superior interés de la sacrosanta patria catalana que ellos han de rescatar. Similar factura a la que vocifera Vox y hace suya el PP.

Esa es la batalla campal que se dirime en las Españas. No es poca cosa. No se da por asumido que la pandemia lo cambiará todo, incluidos los persistentes hábitos cainitas que nos caracterizan.

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