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José Pons

Necesitamos un nuevo Jacques Delors para la UE

No basta con un diseño, hay que actuar, aunque sea nadando contra corriente o asumiendo impopularidad

El auténtico Jacques Delors, lúcido a sus 94 años, me imagino que está confinado en su casa, siguiendo atentamente la actualidad y deseando que la UE vuelva a la senda del prestigio y de la eficacia. Paradojas de la vida, Delors no fue el candidato inicial de Mitterrand para presidir la Comisión Europea, sustituyendo a Gaston Thorn en 1985. El candidato francés era Claude Cheysson, en aquel momento Ministro de Asuntos Exteriores y anteriormente comisario europeo durante 8 años. Pero Cheysson fue vetado por Margaret Thatcher y, en menor medida, por Helmut Kohl. Tenía un perfil demasiado izquierdista. Mitterrand, que no quería renunciar a que un francés presidiera la Comisión Europea, propuso entonces a su ministro de finanzas, Jacques Delors y ahí empezó una historia de éxitos para Europa, para la construcción europea y para el propio Jacques Delors, secundado por un excelente trabajo de los jefes de estado y de gobierno.

Hoy en día, con el debido respeto, no hay políticos con el liderazgo y el empuje de Delors. Hay parálisis, falta de ideas, intereses nacionales exacerbados, egoísmo y falta de atrevimiento para dar un salto cualitativo en la integración europea y, sin embargo, es absolutamente necesario para su propia supervivencia. Ante los problemas globales que nos amenazan, sin duda el mayor ahora el del COVID-19, se plantean soluciones nacionales, se anteponen intereses particulares al bien común sin darse cuenta de que esto es pan para hoy y hambre para mañana.

Me atrevo a señalar que la UE viene lastrada por tres incapacidades. La primera de signo vital. Cuando Helmut Kohl en Alemania y Jacques Chirac en Francia abandonaron sus cargos políticos ya no quedó en el Consejo Europeo ningún miembro que hubiese conocido personalmente la segunda guerra mundial o se hubiese criado en la inmediata post guerra. El deseo de superación de las terribles consecuencias de la guerra pasaba a ser una referencia histórica y dejaba de ser una vivencia personal.

La segunda es claramente política. El ingreso simultáneo de 10 nuevos países en 2004, con historias muy diferentes, diluyó el proyecto europeo. El famoso debate sobre si la profundización política y la ampliación podían llevarse a cabo simultáneamente (lo que sí fue posible con la entrada de España y Portugal en 1985) se decantó por la ampliación en perjuicio de la integración política. En el año 2003, siendo embajador en Lituania asistí a un seminario en Vilnius sobre la UE. Un ponente universitario exponía sus ideas y dijo de repente: "€ahora que vamos a ingresar en la Unión Soviética". Un murmullo se extendió por la sala. El orador no era consciente de lo que había dicho. Le traicionó el subconsciente ya que, para los lituanos y otros, la palabra "Unión" estaba asociada a la Unión Soviética.

En 2004 admitimos en la UE a un buen número de países que querían reafirmar su soberanía, que querían ser dueños de sus decisiones después de muchos años de estar sometidos. Es decir, que después de 50 años de comunismo y dependencia no parecían dispuestos a cambiar Bruselas por Moscú a la hora de tomar decisiones. Y los dos pequeños como Malta, independiente solo desde 1964, y Chipre, con un problema insoluble de partición de la isla, tampoco sumaban demasiado.

La tercera es de gestión. La catastrófica gestión de la crisis económica de 2008 y la imposible gestión de la crisis inmigratoria han minado el prestigio de la UE hasta el punto de que numerosos ciudadanos europeos empiezan a mirar hacia la UE como una fuente de problemas y no como un instrumento útil para la solución de los problemas. Eso facilita el auge de los populismos y de los nacionalismos que solo traerán más problemas y más desastres. Ahora, la gestión del COVID-19 es un desafío que la UE no puede perder, es casi una cuestión de vida o muerte, una última oportunidad.

Se echa en falta a líderes con visión y voluntad de hacer. No basta con un diseño, hay que actuar, aunque sea nadando contra corriente o asumiendo impopularidad. En este sentido se necesita más aun a Jacques Delors. El político francés es un cristiano inspirado claramente por el movimiento que creó en su día en Francia el filosofo fEmmanuel Mounier, basado en el compromiso de la acción, en el personalismo. No basta pensar o idear para ser "persona", hay que actuar.

Necesitamos una acción decidida en favor de una mayor integración política, un salto cualitativo para recuperar la credibilidad, una solución global para un problema global. Y si hay países que no quieran progresar, que no lo hagan pero que dejen a los demás seguir adelante. Necesitamos no solo un nuevo Jacques Delors sino un verdadero espíritu europeo convertido en acciones y decisiones prácticas para los europeos.

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