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El tiempo que ya no tenemos

Las ganas de los niños por salir hoy a la calle después de seis semanas de drástico confinamiento son el ansia de todos por recuperar la libertad perdida, ahora mismo el sueño diario de una sociedad cada vez más empobrecida económicamente, fragmentada a la fuerza y diezmada por la elevada factura mortal que deja el coronavirus.

Muy dócilmente hemos renunciado a lo más preciado al ver de frente el rostro de la muerte y comprobar con hechos que aquella gripe leve de febrero que minimizaban entre aplausos expertos y fuentes oficiales, pese a la catástrofe, China era capaz de dejar en mes y medio más muertos en Mallorca que las bombas yihadistas del 11-M en Madrid. Sin embargo, no conviene bajar la guardia. El ser humano se aferra a la vida de forma natural hasta su último aliento. Es su instinto de supervivencia. Pero la libertad y los derechos democráticos por los que en España murieron y lucharon generaciones enteras merecen idéntica resistencia. Que el reforzado poder del que hoy gozan las autoridades por la situación excepcional y la tentación siempre presente de abusar de esas atribuciones nos encuentre despiertos, vigilantes ante cualquier atropello de las libertades públicas.

Los investigadores trabajan a toda velocidad, en la isla y en la mayoría de los países, en busca de la vacuna, persiguiendo pautas en los tratamientos y certezas que aporten una luz, algo de seguridad más allá del distanciamiento social y el aislamiento individual impuestos. Pero todavía es demasiado pronto. Ningún experto puede aún dar recomendaciones definitivas sobre lo que está bien o mal. Incluso el tímido desconfinamiento de los menores de hoy es un experimento a ciegas. Y deberá ser evaluado en las próximas semanas antes de decidir si a esa tímida medida puede seguir otra o es necesario volver sobre nuestros pasos.

La ciencia necesita el tiempo que ya no tenemos, porque la economía está al borde de una gran recesión mundial, los medios de producción se han detenido, algunos empiezan a ser desmantelados y más de la mitad de la población activa de Mallorca depende ya de ayudas por desempleo, con su principal industria cerrada como pronto hasta el año que viene y unas medidas de rescate social que no serán ilimitadas. Aprendimos en la gran recesión que el Estado también puede quebrar. Y la pandemia económica amenaza hoy con dejar más víctimas que la sanitaria.

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