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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

El discurso de la decencia

El Gobierno ha querido construir una versión posmoderna de la censura y acabar con la libertad de expresión cuando se utiliza en su contra

Todo comenzó cuando el gobierno se dio cuenta de que el panorama había cambiado en las redes sociales. No se sabe con certeza si debido al confinamiento de los hooligans más izquierdosos; o a un monumental estado general de cabreo; o a una llamada a filas de la extrema derecha; pero las andanadas antigubernamentales incendiaban internet. El gobierno hablaba de un millón y medio de cuentas creadas en las redes sociales para difundir noticias falsas sobre el coronavirus. Ni la Policía Nacional ni nadie del ministerio de Interior ha encontrado este millón y medio de cuentas. En realidad, como se ha sabido después, se trataba de una fake news procedente del mismísimo gobierno, que afirmaba ser víctima de la red de cuentas falsas de mujeres que le elogian en Facebook, el millón y medio era en todo el mundo. Tezanos, el Big Brother del CIS, atento a la llamada a rebato de Sánchez, introducía en el nuevo barómetro una pregunta trampa destinada a obtener un respuesta inducida favorable a que los ciudadanos se informaran de la pandemia sólo a través de las fuentes oficiales, del gobierno. Se trataba de construir una versión posmoderna de la censura de la dictadura, acabar con la libertad de expresión cuando se entendía que se utilizaba como crítica al gobierno. A la par, se suspendían por parte del gobierno los plazos de respuesta del Portal de Transparencia. Entonces ocurrió lo del lapsus.

El general jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, José Manuel Santiago, leyendo un comunicado en la rueda informativa del domingo pasado del comité de expertos de la pandemia presidido por Fernando Simón, decía que el trabajo de la GC consistía en "minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del gobierno". Aquí fue Troya. El responsable de Interior, Fernando Grande-Marlaska, interpelado por los periodistas, balbuceó que el general había tenido un lapsus fruto del cual se había producido una equivocación. Aseguró con rotundidad que no tenía nada de lo que arrepentirse. Si hubo un lapsus, consistió precisamente en su definición por Freud, la manifestación en el consciente de lo reprimido y confinado en el inconsciente: que defendía al gobierno de la crítica política. Ni lapsus ni nada que se le parezca. Si hubo lapsus éste consistió en decir la verdad. El general estaba leyendo un texto. Entonces hay que suponer que el general y su texto incurrían en un exceso de sinceridad debido a la inexperiencia. Algo gravísimo estaba pasando: el gobierno de izquierdas contra la libertad de expresión. Tuvo que salir la portavoz María Jesús Montero a apagar el incendio. Con el pistón de su voz martilleaba nuestros oídos en una espectacular demostración sonora. Las contracciones de su diafragma y musculación fonadora ejecutan una catarata de vocalizaciones admirables por su potencia, disipadoras de una energía sin referentes conocidos en el mundo de la locución. Todo era un error, una equivocación de un gran profesional. Pues bien, esa misma mañana, la SER (no sospechosa de colusión con Vox) se hacía eco de un e-mail enviado unos días antes, el 15 de abril, desde el Estado Mayor de la Guardia Civil a todas las comandancias, en el que se pedía a los agentes identificar fake news que "pudieran provocar estrés social y desafección a instituciones del gobierno". El general decía la verdad y el gobierno miente.

Posteriormente, en una nueva rueda del comité de expertos, Simón, un hombre fracasado en su labor, dijo que "usar fallos en los discursos que podamos tener, cuando estamos al límite de nuestra capacidad para hacernos daño como equipo no es algo decente". El técnico, imprudente, se metamorfoseó en político, pues la crítica efectuada por la mayoría de los medios de comunicación no fue contra los técnicos, sino contra los responsables políticos. Pero invocar la decencia en estos momentos para defenderse de la crítica tiene mucho de indecente. Lo que no es decente es ignorar los avisos de la OMS y autorizar manifestaciones, mítines y espectáculos deportivos. Lo que no es decente es decir que las mascarillas no son útiles para luchar contra el coronavirus, cuando se decía porque no había mascarillas ni para el personal sanitario ni para las funerarias ni para las residencias de ancianos. Lo que no es decente es decir ahora que sí sirven sin decir al mismo tiempo el por qué antes no y ahora sí. Lo que no es decente es el abandono de los ancianos en las residencias sin hacerles los test y sin ingresarlos en los hospitales. Lo que no es decente es hacer discursos de patriotismo a los militares a los que se reclaman trabajos de desinfección sin mascarillas. Lo que no es decente es enviar a los sanitarios a luchar contra la pandemia sin mascarillas o sin equipos de protección individual, semanas después del inicio del estado de alarma, con el resultado de 31.000 sanitarios infectados, el 15,5% del total y muchos muertos. Lo que no es decente es contar como muertos por el coronavirus sólo a los que se les había diagnosticado por un número absolutamente insuficiente de test. Lo que no es decente es tomar decisiones sobre el confinamiento sin realización masiva de test. Lo que no es decente es equipar al personal sanitario con mascarillas defectuosas. Lo que no es decente es que España sea el país del mundo con más muertos en relación a la población. Lo que no es decente es no dar cuenta de los proveedores de material sanitario defectuoso. Lo que no es decente es hacer propaganda repartiendo gratis una mascarilla de un solo uso. Lo que no es decente es que se haya tenido que pagar en las farmacias 10, 20 y 30 € por una mascarilla de un solo uso. Lo que no es decente es aplicar multas desproporcionadas (nulas según la propia Abogacía del Estado) de la ley mordaza por parte de quienes prometieron derogarla. Lo que no es decente es que el gobierno mienta.

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