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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Divagaciones coronavíricas

El pasado lunes, a las ocho de la tarde, un vecino hizo resonar a todo volumen el himno nacional. La verdad es que nunca he sentido una emoción especial al compás de la Marcha Real. Siempre me ha parecido grandilocuente, rimbombante y pretenciosa. Nunca le he encontrado una ligazón emocional con la gente, supongo que porque nunca ha estado ligada a algún hecho trascendental de la vida colectiva, aunque sus compases pretendan sugerir algún hecho heroico. Es del siglo XVIII, compuesta por Manuel Espinosa como marcha militar y fue conocida como Marcha granadera o Marcha de granaderos. Carlos III la declaró Marcha de Honor y se interpretaba cuando en algún ceremonia el Rey hacía acto de presencia. No fue hasta el reinado de Isabel II que se transformó en himno oficial. Se eliminó durante el trienio liberal (1820-1823), la primera república (1873-1874) y la segunda república (1931-1939), donde fue sustituida por el himno de Riego en honor al militar Rafael del Riego cuando la insurrección contra Fernando VII en 1820. La Marcha fue recuperada como himno nacional en 1936 por el gobierno de Franco. Diversos autores le han puesto letra, desde Pemán hasta Sabina y Marta Sánchez, con parecida suerte. Pues bien, nada comparable con la emoción con la que estas semanas de confinamiento hemos oído y cantado Resistiré, la canción de Carlos Toro y Manuel de la Calva que el Dúo Dinámico estrenó en 1988. Es una canción intemporal, de hermosa melodía, que conjuga determinación, sacrificio y superación contra las adversidades, que expresa con emoción épica la dignidad humana frente a la inmensa tragedia de la pandemia, con la que se han identificado gentes de todo el espectro ideológico. Es una canción que se ajusta como anillo al dedo al sentir ciudadano en uno de los momentos más duros de nuestra existencia. Llámenme con el descalificativo que prefieran los exquisitos y los estirados, pero yo prefiero como himno español Resistiré a la Marcha Real.

Leo que el gobierno ha destinado quince millones de euros a las televisiones privadas. Nada tengo contra las teles privadas; de hecho las sintonizo con mayor frecuencia que las públicas, a excepción de algún programa cultural de la 2. Sólo en un espacio la televisión pública es imbatible: el tiempo. Ahora bien lo que no entiendo es por qué solamente se subvencionan las televisiones. Ya se sabe que el reino de la televisión es el de la imagen y que los políticos viven de la imagen. Existe, por tanto, desde siempre, una relación, digamos pecaminosa, para no introducir vocablos propios de disquisiciones psicológicas, entre políticos y televisiones. Se atribuía a Alfonso Guerra (falsamente según el interfecto) la frase "prefiero un minuto de televisión a diez mil militantes". No hay que olvidar que el "sorpasso" de Podemos al PCE sólo se explica por la televisión. En televisión es difícil que prospere el pensamiento crítico. La imagen devora cualquier palabra. La palabra escrita de la prensa es el refugio crítico que permite el control del poder. Recordemos a Thomas Jefferson: "Prefiero una prensa sin gobierno a un gobierno sin prensa". Hasta tal punto que hoy por hoy sigue siendo impensable una democracia sin prensa libre, aunque alguna, antes crítica con Sánchez, se haya convertido en su defensa central. Pues bien, en plena pandemia se ha parado la economía y ha desaparecido la poca publicidad que permanecía fiel a los periódicos, situándolos al borde del precipicio. Han tenido que recurrir a expedientes de regulación temporales de empleo como si fueran respiradores en una UCI y colocado a los periodistas en situación más que precaria. Sin el trabajo remunerado de los periodistas ni hay información ni hay democracia. En principio descreo de las subvenciones, que siempre son a cambio de algo, como en Cataluña por el apoyo al independentismo. Pero puestos en una situación límite como la que vivimos, no se entiende que se subvencionen televisiones y se deje sin amparo a la prensa con potencialidades críticas. O se entiende muy bien.

Como ciudadano con voluntad de atender a las razones de su gobierno, me senté ante el televisor para atender al mensaje de Sánchez. No me cabe duda de que las medidas adoptadas son las que el país necesitaba. Tampoco de que se han tomado con un retraso que ha multiplicado las víctimas. Según Sergio Romagnani, eminencia en inmunología, cuyas ideas han posibilitado en el Véneto una importante victoria contra la pandemia, en contraste con la Lombardía, las medidas más importantes y prioritarias eran hacer tests al personal sanitario y a cuidadores de residencias de ancianos con síntomas y asintomáticos, para aislarlos e impedir que contagiaran al resto de personal y a ancianos; y que todos llevaran mascarillas para no contagiar a sus conciudadanos, tal como se hizo en China. Aquí se nos ha vendido por el gobierno, la OMS y los expertos, que la mascarilla no servía para nada. Todo mentira, sirve para que los asintomáticos no extiendan la pandemia. Ahora dicen todo lo contrario, pero no hay mascarillas para todos. O antes nos mentían porque había menos mascarillas aún. Intentaba seguir la interminable perorata de Sánchez, que, de vez en cuando, introducía subrepticiamente velados ataques a los que hacen reproches: el gobierno es bueno, el que reprocha es malo. Todo para justificarse. Me sentí incómodo al tutearme. Más aún cuando tras un festival de sintaxis políticamente correcta, tras los numerosos "nosotros y nosotras" eludió la coherencia de enfrascarse también en los "contagiados y contagiadas", "muertos y muertas".

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