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Juan Rigo

Desde Francia

Juan Rigo

De Sísifo y Ulises

Ante el confinamiento, - nuestra estática forma de ayudar #quédate en casa,- la lectura se convierte en un precioso aliado al permitirnos una evasión virtual, dando alas a nuestra imaginación. La mitología cumple esta función de un modo tremendamente eficaz. En esas estaba, teóricamente trabajando, en una relectura de la Odisea, analizando los versos de Homero en referencia al mundo náutico de Ulises, su mítico e "improbable viaje" (el entrecomillado es mío) cuando topé con otro personaje, digamos que invitado, como en los films, pero importantísimo en el momento que estamos viviendo. Nada menos que Sísifo. ¿Recuerdan? El del castigo sin fin, condenado a empujar una pesada piedra, esférica en mi imaginación, monte arriba sin alcanzar nunca su objetivo. Irremediablemente, al llegar casi a la cima, el pedrusco rueda de nuevo cuesta abajo y vuelta a empezar. Y así eternamente.

Ante la increíble dureza de la pena resulta evidente interesarse por el personaje, ¿que diablos hizo Sísifo para merecer esa terrible condena? Si nos fiamos a las confusas, por inciertas, fuentes de la época, era hijo de Eolo y de Enareta, contrajo matrimonio con Mérope (una de las Pléyades) y fundó la ciudad de Corinto. La del famoso Istmo. Se le considera impulsor, promotor del comercio y de la navegación. Pero lo que nos interesa aquí es su reputación de astuto, no en vano se le supone padre de Ulises. Ya que cuentan que se las vio con Autolico, el abuelo del héroe homérico, el temido y celebre ladrón de ganado que cometía sus tropelías en un vasto territorio al norte de Corinto. Y en un sutil ajuste de cuentas, parece ser que Sísifo sedujo y abandonó a Anticlea dejándola embarazada. De modo que Laertes no sería sino el padre putativo de Odiseo, y de ahí el rol apagado del emérito monarca en el ajuste de cuentas con los pretendientes cuando el retorno del héroe a Ítaca.

Pero volvamos a lo que nos interesa, Sísifo, el pobre, no hizo más que mercadear, - a cambio de tener una fuente de agua fresca en la acrópolis de Corinto - la información que buscaba Asopos, un soberbio y poderoso río, cuya hija, la hermosa ninfa Egina había sido seducida por el promiscuo Zeus. Evidentemente, el jefe del Olimpo tomó mal la cosa y decidió castigar al chivato. Pero el ingenioso Sísifo se las arregló, no queda claro cómo, para encadenar a la Muerte cuando esta vino a buscarle. Total que durante cierto tiempo el infierno, el dominio de Hades, hermano de Zeus, se quedó sin clientes. Hasta tal punto que Ares, el dios de la guerra, tuvo que bajar a liberar a la Muerte, puesto que no parecía serio lo de combatir sin víctimas. Y no termina ahí la cosa ya que el taimado Sísifo, antes de volver, forzado por Ares, a los infiernos, le dejó dicho a su esposa Mérope que no lo enterraran ni celebrasen funerales.

Así que al encontrarse cara a cara con Hades, sin cortarse un pelo, le pidió permiso para regresar momentáneamente a la tierra puesto que nadie se había preocupado de darle sepultura, ni se le había llorado según el ritual debido. Con el salvoconducto del ingenuo Hades en el bolsillo, Sísifo volvió a casa y allí se entretuvo hasta hacerse viejo. Imagínense pues el cabreo del colérico Zeus al descubrir los ardides de Sísifo para librarse de la muerte.

No entraremos aquí, pobres mortales, en juzgar la equidad del castigo. Aunque sí les digo que me gustaría tener a un Sísifo ahora mismo entre nuestros gobernantes, alguien capaz de encadenar a la muerte, al menos durante el tiempo que necesitemos para encontrar un remedio o una vacuna contra este cruel virus. También pienso en Sísifo cuando me imagino el día a día de los médicos, enfermeras y todo el personal sanitario al enfrentarse a este virus que, metafóricamente, no es sino la piedra de Sísifo. Y mientras tanto, las cifras, crueles, " in crescendo", nos recuerdan el suplicio.

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