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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

Las pausas de Miquel Dols

Antes de empezar a hablar, Miquel Dols siempre hacía una pausa. Y previamente al parón silencioso, escuchaba con la atención fija en su interlocutor. Esta integridad auditiva le diferenciaba de los miembros de los dos gremios en que militó con contrastada honradez, los políticos y los noctámbulos. Si añado que difícilmente perdía su brújula calmada y que se indignaba con sorna, quienes no le conocieron se sentirán inclinados a pensar que le faltaba carácter. Al revés, le sobraba respeto, era un clásico.

Miquel Dols solo podría haber militado en el PSOE. Claro que por entonces era otro socialismo, que sabía leer los libros del derecho y que además tenía un plan. La izquierda generó más ilusiones en Cort durante los mandatos de Ramon Aguiló que en los cuatro Pactos de los progresistas profesionalizados. No solo pesan las carencias personales, las ilusiones de la transición se mantenían intactas por entonces. Nunca sorprendí a aquel concejal hacendista buscando el protagonismo, jamás se atribuyó siquiera los méritos que lógicamente le correspondían. Tampoco empleó el juego sucio, lo cual le condenaba de antemano a dejar el partido que tanto le debía.

La verdadera patria de Miquel Dols era la noche, y encontrártelo en una barra siempre constituía una buena noticia, a la espera de sus pausas. Nunca lo hablamos expresamente, pero lo considero deudor del magisterio cruzado de Andrés Ferret y Colau Llaneras, campeones del escepticismo ilustrado. Desde su conversación ágil, en Dols solo nos sorprendían sus dedicaciones. Profesor de Derecho Mercantil, cuando le hubiéramos adjudicado querencias más filosóficas. Y nos dejó boquiabiertos al reconvertirse en empresario junto a su correligionario Llorenç Rus en el Pesquero, probablemente el mejor paisaje del Mediterráneo. Palma ha perdido una pausa, es mucho más de lo que se puede permitir.

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