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Desde el claustro

1.Lo que nos ocurre en la edad adulta es lo que somos y así perdura en el tiempo; lo que nos ocurre en la juventud es lo que fuimos, lo que fue aquel otro que ya no es y en este punto la memoria nunca es lineal sino que está poblada por numerosos vacíos. Durante mi juventud vi y leí dos historias que trataban de un encierro -que es de lo que trata ahora nuestra vida- y que siempre han estado ahí, nunca las olvidé y ahora pienso que quizá existieron para contarlas durante este nunca esperado confinamiento. Arresto domiciliario dictado por un virus.

Una es una película protagonizada por el extraordinario Fernando Fernán Gómez que se titulaba, creo, El anacoreta. Otra es un cuento de Cortázar en el que un hombre al conocer el tiempo de vida de una mosca y que justo antes de morir vuela al revés, se encerraba en su habitación con una mosca e iba empequeñeciéndola con tablas hasta quedar la mosca y él frente a frente en un cubículo diminuto.

Pascal decía que todos los males del mundo venían de cuando el hombre no es capaz de estar tranquilamente en su habitación. Y Xavier de Maistre escribió un libro que fue muy popular titulado Viaje alrededor de mi cuarto. Prueben ustedes de llevar este título -no su relato- a sus últimas consecuencias: describan, aunque sólo sea mentalmente, sus objetos, su procedencia, el momento en que entraron en su casa, lo que hacían entonces? Se sorprenderán de la narrativa que encierran y de cómo su vida ha ido variando y sus cosas son el testimonio de esa evolución. Y si pueden vean la película que protagonizaba Fernando Fernán Gómez: la historia de un hombre que un buen día se encierra con sus libros y su máquina de escribir en el cuarto de baño de su casa y decide no salir hasta que muera. Quizá algo de esto les sirva para pasar los días, pero sobre todo no hagan una cosa: ver los telediarios. No vean ninguno de ellos; niéguense a ese suplicio digno de Fu Manchú.

Cuando digo telediarios -llevo muchos meses sin ver informativos: una medida de higiene establecida ya antes del coronavirus- me refiero a los informativos, especialmente a los del gobierno. Será una medida muy prudente y supongo que efectiva confinarnos a todos en casa. Creo que cada comunidad autónoma debería tener sus reglas de confinamiento -por ejemplo, pienso que cada isla debería ser considerada zona metropolitana y permanecer cerrada a las demás-, pero lo que yo crea importa poco y en este caso a lo mejor es sólo una ocurrencia o una barbaridad. No así lo de los telediarios. Bien está, ya digo, que nos aconsejen el encierro y la responsabilidad sea nuestra, pero lo que no está bien es que teniendo a la ciudadanía en su casa y con la televisión como ventana al mundo, la machaquen con informativos y más informativos sobre el coronavirus y sus dramáticas secuelas todo el santo día. Esto no es informar sino psicotizar a una sociedad o atemorizarla para tenerla cogida por donde ya saben y hacer con ella después lo que se desee hacer. TVE española -la que pagamos todos- lo está haciendo muy mal en esta crisis: que informe, bueno, pero después debería alegrar en algo la vida de los que están encerrados, no amargársela con la constancia digna de un sádico. Piénsenlo y hagan como yo: no miren telediarios.

Y 2.Entre mediados y finales de los 70, publiqué varios artículos en Diario de Mallorca. Yo era muy joven y los escribía como si fueran un poema o el fragmento de un relato: con la misma pasión literaria, quiero decir. Siempre he creído que el periodismo de opinión -cultural o no- es, también, una forma de literatura. Y recuerdo la entonces maravillosa ilusión de buscar en el periódico del día mi artículo, hallarlo y leerlo varias veces, casi como si estuviera escrito por otro. Y la sensación de participar en la elaboración de un periódico -que era el que siempre había visto en casa de mis padres- y ser, quizá, leído en cualquier café o bar de los que frecuentaba.

En 1978 tenía 22 años y fue cuando empecé, muy esporádicamente, en estas páginas. Recuerdo un artículo sobre un escritor y su obra que inventé -ambos- para ironizar sobre la crítica literaria al uso. Recuerdo un par de artículos sobre la pintura de Enric Irueste. Recuerdo otro sobre la película Flash Gordon, donde aparecía Ornella Mutti, por quien sentía una devoción digamos que pagana. Hubo alguno más que ahora no me viene a la memoria pero no sería hasta 1985 -de la mano de mi amigo Toni Fuster, su director entonces- cuando entré en Diario de Mallorca, ya como colaborador fijo, con uno o dos artículos semanales: treinta y cinco años seguidos de columnismo. 35 años, salvo uno que me lo tomé sabático. Desde los 29 hasta los 64, prácticamente, que los cumplo en una semana. La mayoría, por no decir todos, de los que trabajan ahora en el diario eran niños, o no estaban en el periódico y la empresa era otra.

En plena crisis del coronavirus, Editora Balear, propietaria de Diario de Mallorca, se ve en la circunstancia de hacer un ERTE en su periódico. Una de las consecuencias de este ERTE es que los pagos a los colaboradores por su trabajo desaparecen completamente mientras este dure y por tanto... Siempre he creído que la escritura, además de un oficio y un arte, cuando lo es, debe de ser remunerada económicamente y más aún en una sociedad poco respetuosa con la cultura escrita y mucho con el valor del dinero. Aprovecho, pues, para despedirme, hasta la vuelta, de mis lectores en el diario -muchas gracias, de corazón, a todos- y de mis compañeros -a los que deseo mucha suerte-, con una cita del gran Indro Montanelli: "Lo que me alegra, o mejor, me hace feliz, es mi estatus de autor asalariado únicamente por el público. Hay quien vive del Partido. Hay quien vive del ENI. Hay quien vive de magnates como Agnelli, o Perrone, o Crespi. Yo vivo de los lectores. Los lectores no me imponen más servidumbre que la sinceridad: la única que no pesa".

Pues eso. Y lo más importante en tiempos de peste medieval: Que ho poguem contar!

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