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Matías Vallés

Messi, ridículo con su calzón corto

El antiguo astro argentino no debe preocuparse, todos los mitos han quedado reducidos a la caricatura en un mundo que nunca será el mismo

El estado de ánimo oportuno para examinar el coronavirus desde dentro, puesto que no hay nadie ahí fuera, no consiste en preguntarse cómo ha ocurrido, sino qué otra cosa podía ocurrir. Es obligado rendir homenaje a los vendedores del turismo como industria no contaminante, y de la globalización como un win win que favorecería a todos los jugadores planetarios. Incluso a los virus, se les olvidó decir. Y sin embargo, el Covid-19 sustenta la mayor revolución a la que ha asistido la humanidad, que se ha plantado desde su confinamiento contra los dioses económicos. Trump se ha quedado solo enarbolando a la ultraindividualista Ayn Rand, hasta Boris Johnson ha desertado del "dejadlos que mueran, que Dios sabrá elegir a los suyos" del cruzado Amalric.

Hoy mismo y de repente, el llamado Lionel Messi se presenta a la grada confinada como un personaje ridículo, quizás un poco mayor para contonearse en calzón corto mientras despliega habilidades pedestres de bufón palaciego. El antiguo astro argentino no debe preocuparse, todos los mitos han quedado conscriptos a una pálida caricatura de su gloria precedente. Por primera vez en décadas, la información deportiva ha sido aniquilada, o tal vez reducida a los límites que nunca debió sobrepasar. Si se ha producido ese milagro, la situación es realmente de vida o muerte. Ni siquiera es publicable la impresión que hoy suscita el llamado Cristiano Ronaldo, frente al heroísmo de un profesional sanitario en la vanguardia contra el coronavirus. Suerte que el público siempre tiene razón, porque sería una oportunidad excelente para cargar contra el público.

Sería facilón deducir que un parásito ha arrinconado a otros, porque el coronavirus merece el respeto necesario para neutralizarlo. Y de acuerdo, los estadios son más importantes que los hospitales porque la afición así lo ha decidido, y los clowns en camisetas chillonas generan los millones que cobran. Solo queda asentir y suministrar un humilde dato, Alemania triplica ampliamente el número de camas de UCI por mil habitantes de España, donde en cambio se ha logrado una depuración excelsa en el arte de trabajar con un objeto esférico entre los pies. Qué importa si, a continuación, las dos patrias futbolísticas del país se han convertido en un foco infeccioso que concede a China los honores de país de vanguardia. Los idólatras de los principales clubes del planeta se ven obligados a transformar los hoteles en hospitales, y los pabellones deportivos en morgues.

Un virus literalmente insensible demuestra que el mundo no está tan bien acondicionado para los multimillonarios como ellos pensaban. Si son susceptibles de atrapar un vulgar microbio, el mismo que sus subordinados para más inri, el planeta no se había curado de su injusticia radical. Esta limitación no implicará una reducción en la lista de aspirantes a la riqueza a cualquier precio, incluida una pandemia. Con la chiquillería harta de disfrutar de tiempo de calidad con sus padres, procede tranquilizar a los grandes personajes, incluso a los que visten pantalón largo. El mundo se seguirá nutriendo de mitos, porque el logos solo se aplica en tiempos del cólera. Eso sí, habrá que revisar las condiciones de liderazgo, y algunos portaestandartes de la civilización previrus llegan a la prórroga bastante magullados.

En un repaso de la peste, sería injusto omitir el recuento detallado de los doctos profesores universitarios, la mayoría con otros sueldos privados en paralelo, que defienden las bondades de los ERTEs y su aplicación automática a los demás trabajadores. Porque todavía ha de publicarse el primer artículo de un catedrático exigiendo que le recorten su salario, proporcionalmente al tiempo en que la universidad ha permanecido cerrada. Sí, son expertos en esgrimir la coartada de los diputados, trabajan más cuando no es periodo de sesiones.

"Cuando esto acabe" es la expresión más optimista que puede permitirse ahora mismo la sociedad. Pues bien, "cuando esto acabe" el mundo habrá cambiado para siempre, aunque habría quienes se conformarían con que cambiara durante un par de años. Sin embargo, no conviene desbocar las ilusiones, una vez que la falta de precaución se ha traducido en otra matanza a cargo de microorganismos. Los vendedores de la mañana en que volverá a brillar el sol han olvidado la opción de una recuperación renqueante, a medias, de un empate. No solo tambaleante en lo económico, una evidencia mayoritariamente aceptada, sino también desfalleciente en lo medicinal, con un renacimiento de la desconfianza. Porque hay un mensaje más optimista que "cuando esto acabe", y consiste en la segunda venida del coronavirus el próximo otoño, hoy tan lejano.

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