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Desde el siglo XX

Tenemos una certeza: no hay ninguna certeza

Es todo el mundo de ayer el que se ha desplomado en tres semanas; decir que nada volverá a ser igual, ya no es más que un burdo retruécano, porque el futuro que nos aguarda es otro

Estamos, se perdonará la escatología, en pelota picada. Ni ahora, de lleno en el marasmo, ni después, se atisba lo que nos va a suceder. Disponemos de una única e inapelable certeza, la de que no hay ninguna: sanitaria, política, económica y social.

¿Qué acontecerá cuando se dictamine que regresamos a la "normalidad"? Esa es la pregunta sin respuesta. Los economistas teorizan sobre si la recuperación será en V o en L. Los epidemiólogos, los presuntos expertos, desbordados, lo fían a la aparición de la vacuna. Los políticos, junto a los medios de comunicación, dan palos de ciego. Para colmo, en España, somos incapaces de sustraernos a la trifulca política. Desde la derecha se carga contra el gobierno. Lo hizo primero Pablo Casado; después, Isabel Díaz Ayuso, carente de luces, salvo para el insulto. Torra, por supuesto, avanza en su acusada demencia. Es un hombre perdido para la especie humana. El gobierno, imposta. Sánchez no comunica. Lo intenta, pero no le sale. Le falta la imprescindible empatía que requiere el tremendo descalabro. Está desbordado. Iglesias, atrapado por sus anteojeras ideológicas, exhibe impúdicamente su desnudez: es un demagogo que no se para en barras. Un desastre. Por higiene, debería ser despechado de escena.

Es todo el mundo de ayer (siempre Stefan Zweig) el que se ha desplomado en fres semanas; decir que nada volverá a ser igual, ya no es más que un burdo retruécano, porque el futuro que nos aguarda es otro, no sabemos cuál. Todo está en el alero, también la monarquía. El parloteo del Rey ante millones de ansiosos y asustados españoles para no decir nada, y mucho menos de nada sobre los millones que van y vienen en su familia, ha sido deplorable. No descartemos que se precipiten los acontecimientos el día de mañana: la histeria de la derecha y sus medios al defender al rey Felipe lo constatan. La Corona está herida; el pronóstico es reservado, hay peligro de septicemia, el coronavirus posibilita tales licencias.

Dijo un político de los años finales de la monarquía Alfonsina y Segunda República, cuando dejó de ser monárquico para ponerse al servicio de la República: "No más cobijar el alma que al sol apagarse puede. No más servir a señor que en gusano se convierte". José Sánchez Guerra, que así se llamaba el prócer liberal, utilizó los versos de Francisco de Borja, al contemplar la putrefacción del cadáver de la bellísima Isabel de Portugal, de la que siempre estuvo secretamente enamorado, esposa del emperador Carlos. Difícil un desahucio más contundente de la Corona.

En esas también estamos, aunque las cretineces de Iglesias sirvan para insuflar aire a Zarzuela. Después de las palabras del Rey empezarán muchas cosas atropelladamente conducidas por ese magnífico vector de destrucción masiva que es el jodido y fruncido virus.

El mundo de ayer ha desaparecido. El de mañana lo desconocemos. Estamos suspendidos en el limbo.

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