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El fin de la globalización tal y como la conocemos

¿Quién podría haber vaticinado que un virus pondría fin a nuestro deseo de un mundo interconectado y sin fisuras, donde bienes, personas y servicios circularían ininterrumpidamente por el bien de la humanidad? Parece que la naturaleza tenía otros diseños en mente para nosotros que desdeñamos, absortos como estábamos planificando el futuro del planeta. Claramente, los tsunamis, huracanes, tifones y todas las demás amenazas climáticas que han azotado la tierra en los últimos decenios no han surtido el consecuente efecto de que íbamos encaminados hacia la catástrofe. Uno concluiría que nos hubiera hecho reflexionar; que tomaríamos conciencia de la situación; pero no, cegados por nuestra soberbia estamos por encima de todo, empecinados en nuestra locura egocéntrica, mermando la tierra de sus recursos y riquezas. Siempre avanzando, por el bien del progreso, esa gran apisonadora.

Ahora tenemos una pandemia en nuestras manos. Miles de personas mueren a diario, y dado que no se trata de africanos sino de personas de países desarrollados (incluso aunque todo comenzara en la zona central de China), finalmente nos hemos visto obligados a poner freno a nuestra flagrante arrogancia e irresponsabilidad. Pero se plantea la pregunta: ¿sacaremos algún tipo de lección duradera? A pesar de la magnitud de esta tan desafortunada tragedia, algo bueno podría resultar si somos lo suficientemente humildes como para darnos cuenta de que nos hemos equivocado y que nuestros valores están fuera de lugar. Hemos vivido más allá de nuestras posibilidades, como mocosos malcriados que creen que el mundo "nos lo debe" por el mero hecho de haber sido "seleccionados" para nacer. Va siendo hora de poner fin a este comportamiento desvergonzado. Ya nada puede ni debe darse por sentado.

Hace tan solo un par de meses, líderes mundiales de todos los sectores productivos, reunidos en Davos, se afanaban en secundar la visión apocalíptica del planeta de una joven de 17 años. Si las emisiones de carbono no disminuían urgentemente, nuestra subsistencia no podría garantizarse indefinidamente. Nada novedoso salió de tanto apretón de manos, excepto la palabrería habitual. Tuvo que aparecer un virus para poner fin a nuestra insensatez. Nos doblegó y el mundo finalmente se detuvo bruscamente. Ahora, las recientes imágenes de satélites de la NASA de las áreas de contaminación más destacadas del planeta parecen muy disminuidas. Y esto, a pesar de las razones que las provocó, es una buena noticia. No existe una cura conocida para el Covid-19, el insidioso virus que nos ha sobrevenido. Pero hay medidas que podemos tomar, si no para contenerlo, al menos para tratar de mantenerlo a distancia, comenzando con un procedimiento tan simple como lavarse las manos. Higiene: una acción no del todo complicada. Y luego está la solidaridad. Esa palabra tan a menudo mal utilizada y maltratada; extraño concepto altruista que no produce un rédito económico tangible y no puede medirse científicamente, pero que mejora en gran medida el bienestar de las personas.

Higiene y solidaridad: esto es lo que el mundo necesita sobremanera. Y estos dos conceptos deberían ser consagrados en una nueva idea de la globalización. Uno que no esté basado meramente en beneficios y progreso, sino más bien que defienda valores y creencias compartidas, donde la innovación se puede aplicar al bien común, así como para abordar futuros obstáculos que como especie habremos de asumir. Y si hay otra lección que podemos extraer de esta pandemia es que el respeto es fundamental a todos los niveles: respeto por el medio ambiente y su hábitat; por uno mismo y el prójimo; por las ideas y costumbres de los demás, pero fundamentalmente, respeto por el planeta, que no tenemos derecho de saquear. Una vez que hayamos logrado despojarnos del egoísmo y las tendencias narcisistas que nos caracterizan, nuestros sucios hábitos tal vez se conviertan en algo del pasado. Si estamos a la altura de las circunstancias, quizás todo el dolor y sufrimiento que esta pandemia ha causado no haya sido en vano.

Y ya va siendo hora de que la humanidad aúne esfuerzos y ponga fin a sus incesantes rivalidades; que muestre lo mejor que hay en todos y cada uno de nosotros, no solo los sanitarios que han demostrado un coraje y sacrificio sin parangón, sino todo el conjunto de la sociedad, para que el mundo se convierta en un lugar más decente, más limpio, más seguro y más libre. Debemos convertir esta tragedia en una oportunidad, por nuestro bien y por los que nos seguirán.

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