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Políticos en cuarentena

España es zona cero del coronavirus. "Cero abrazos", "cero visitas en casa", ha dicho Ana Pastor, expresidenta del Congreso, después de haber dado positivo en la prueba. Queda prohibido besar a los vivos y también a los muertos, por precaución. Igual que a las imágenes de los santos que aguardan en vano las procesiones de Semana Santa. El dios de la nueva lluvia ácida llora sobre este país, esclavo inconsciente del contacto.

Los futbolistas hasta ayer mismo se rozaban los codos al principio de los encuentros para acto seguido forcejear en las áreas, soplarse en las nucas y escupir en el césped, una costumbre tan deplorable como ancestral. Manuel Velázquez, timón de la generación yé-yé del Madrid, fue durante años una elegante salvedad: acostumbraba a llevar un pañuelo blanco entre el calzón corto y la camiseta además de perfumar la hierba allí donde la pisaba. Así todo, Bernabéu le ordenó afeitarse el bigote.

Salvo en el caso de Irán, donde el contagio ha alcanzado a los ayatolás, que se sepa es España el único país en que los políticos y los miembros del Gobierno han entrado en cuarentena. Vox cargó contra la manifestación del 8M por el riesgo que supuso para la propagación de la pandemia en un momento crítico, mientras reunía masivamente a los suyos en Vista Alegre. Ortega Smith ha dado positivo, Irene Montero, la ministra de Igualdad, también, tras empeñarse en mantener contra viento y marea las concentraciones del domingo. Hay una irresponsabilidad manifiestamente negativa en estas actuaciones que se deducen del populismo más irresponsable y dañino. Deberían dimitir por tarambanas, negligentes y haber cometido la imprudencia de ponernos en peligro en vez de dar ejemplo cívico.

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