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Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

José Jiménez Lozano

El escritor abulense disponía de una cultura inusual y de una rara modernidad

Llegué a la obra de José Jiménez Lozano gracias a José Carlos Llop, quien me habló con devoción del primer tomo de sus diarios: Los tres cuadernos rojos. Yo apenas había terminado la universidad y me encontraba en los confines de esa edad en que las lecturas todavía dejan una impronta que define el carácter. Leí mucho a José Jiménez Lozano y lo hice durante años, con el respeto y la admiración que su obra exige. El escritor abulense disponía de una cultura inusual en el contexto hispánico y de una rara modernidad a medio camino entre la tradición y el pensamiento ilustrado. Admiraba a los jansenistas y a santa Teresa de Jesús y sentía afinidad con el espíritu sureño y gótico de Flannery O'Connor y con el verso humanista de fray Luis de León. Sus críticos lo tildaron de autor católico, lo mismo que había sucedido con un Bernanos, un Graham Greene o un Shusaku Endo; pero él, que era profundamente católico, jamás aceptó esa etiqueta. Su mundo, en cambio, respiraba una atmósfera que bebía de dos intuiciones, eso sí, profundamente cristianas: por un lado, el viejo principio paulino de que ninguno de nosotros es fuente única de su propia vida, sino que son los otros -su luz, sus sombras, su misterio- los que iluminan nuestra condición. Por otro, lo que el jesuita Michel de Certeau denominó la "tradición humillada" y que no es sino la profunda conexión entre la verdad y la irrisión. En una ocasión le pregunté acerca de una frase que había leído en las confesiones de Marina Tsvietaiéva y que se refería precisamente a esta idea: "el don de reconocer el sufrimiento de las cosas". El escritor abulense me contestó que son contadas las obras literarias capaces de mostrar en toda su realidad la desgracia humana, pero que es "una evidencia que la verdad aparece en el mundo como una realidad de debilidad y desgracia, aunque ahora -una vez más el mundo al revés- se comienza por negar que exista la verdad". Por supuesto, cabría responder que no sólo en la debilidad y en la desgracia se manifiesta la verdad, sino también en la alegría, la generosidad y el amor. La vida, nos recuerda en uno de sus más hermosos poemas -"El precio"-, siempre vale la pena.

Durante años nos escribimos mucho. Hablábamos de lecturas familiares y de autores desconocidos para mí, de estética japonesa y de oraciones en latín, de la Shoah y de literatura rusa, del mundo monástico y de los sefardíes. No recuerdo que habláramos nunca de Cervantes, a pesar de que constituía una de sus pasiones y de que su discurso de aceptación del premio Cervantes sea uno de los textos breves más maravillosos que escribió. Aunque el mundo veloz y errático se olvide de él, no me cabe duda de que una parte considerable de su obra permanecerá. Ensayos como la Guía espiritual de Castilla, Los ojos del icono, el que dedicó a Los cementerios civiles o los primeros tomos de su dietario son libros memorables, de los mejores que se han escrito en España en el último medio siglo. No puede considerársele un gran novelista, pero sí un poeta imperfecto que nos invita a la dicha. Y aunque no lo aprendí directamente de él, su pensamiento me ayudó a comprender esta gran verdad: que la piedad es el testimonio y la transmisión de una dicha compartida. Descanse en paz, don José.

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