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Sol y sombra

El bozal de los malditos

El coronavirus no es la única plaga, está también la inquisición El coronavirus propaga el miedo, pero no es la única epidemia en un mundo colmado de plagas. Está, por ejemplo, la de la moral teledirigida, tantas veces sectaria e ideológica, inquisitorial y extremedamente idiota. Tan idiota como inquietante. No solo la ejercen los políticos con criterios aborrecibles e inexplicables, sino ocasionalmente productoras cinematográficas, editoras y demás guardianes de las buenas costumbres contra quienes en la actualidad encarnan el "arte degenerado" de otros tiempos no demasiado lejanos empañados por el azufre del nazismo.

Cuando no es el arte es la conducta supuestamente aberrante del artista como sucede con el cineasta Woody Allen y ha ocurrido recientemente también con Roman Polanski, a los que se juzga paralelamente después de haber sido absueltos o condenados, da igual. El malditismo siempre existió pero ya tuvo mejor vida en medio de una intolerancia menos feroz. Hachette ha renunciado a publicar las memorias de Allen. La directora del sello que edita a su hijo, Ronan Farrow, en España, dice que ella haría lo mismo porque es imposible saber si dice la verdad o "blanquea" su imagen de pretendido violador. Por esa regla de tres no se podrían publicar las memorias de nadie cuya verdad resulta manifiestamente imposible testar. Stephen King, a propósito del veto de Hachette al autor de Annie Hall, ha dicho que no le importa en concreto Allen pero sí le preocupa a quién pondrán después el bozal. Es la libertad. El mundo es ancho y cada vez más ajeno, intentar descifrarlo se ha convertido en una ocupación peligrosa para la salud mental.

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