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Muerte obligatoria

Morirse es obligatorio. Ya lo era antes de que se nos ocurrieran las leyes que regulan la eutanasia

De haber estado en mi mano yo hubiera abolido la muerte aquella tarde, esa vez primera que la vi de frente. Yo tendría cinco años y él era un niño un par de años mayor que entró en las urgencias del hospital donde me habían llevado por uno de esos lances de mi mala salud de hierro. Boca arriba en una camilla (nadie lo había cubierto), amoratado, en otra parte ya. Han pasado casi cincuenta años y no he olvidado, se me sigue muriendo a diario.

Y hubiese quedado abolida ya para siempre, y no se me hubieran ido de entre las manos, estas manos que también acabarán yéndose, mi padre, o Juan Castillo, o mis varios Manolos, y tampoco Miguel Ángel, ni Fernando, ni Jose, ni Gistau, ni toda esa larga nómina de nombres que en mi alma siguen vivos, pero con quienes no puedo reírme un café una mañana cualquiera mirando cómo la luz construye el día.

Morirse es obligatorio. Ya lo era antes de que se nos ocurrieran las leyes que regulan la eutanasia. Por lo tanto, de lo que se trata aquí es de que podamos, en la medida de nuestras posibilidades y deseos, morirnos de una forma que nos resulte, si no grata, lo menos ingrata posible. No es cuestión de que te maten, es cuestión de que te mueras bien.

Ya que no podemos abolir la muerte, tratémosla con afecto. Que se ahorre la agonía quien no desee el duro trance de sufrir los muchos tragos del dolor irremediable de los que hablaba Miguel Hernández, quien supo que “un solo trago es la muerte”.

Para ello, el Congreso de los Diputados ha iniciado esta semana la tramitación de la ley de la eutanasia, inflamando de nuevo a los sectores más conservadores, que siguen si asumir que, como pasó con el aborto o el divorcio, todo eso que les escandaliza y les asusta, es opcional. Se trata de permitir, a quienes así lo deseemos, saltarnos la tortura. Que uno pueda elegir su muerte como ha elegido su vida. Tener la opción de pararse donde a cada quien le parezca oportuno sin que se impongan las creencias de otro. Permitir no es obligar, pero prohibir sí. Mirándome a mí mismo, que es siempre lo que tengo más a mano, mi deseo es que si el final que me espera es cruel y superfluo, quiero poder escapar del martirio llegando un rato antes donde, de todas maneras, me están esperando. La muerte, al fin y al cabo, ordena la vida, como nos enseñó Quevedo.

Si está en mi mano, yo quisiera irme sin dolor (lo he dicho alguna vez) una tarde de verano. Que el mar esté verde de levante y que suene el Sittin’ on the dock of the bay de Ottis Redding mientras anochece. Si está en mi mano, que apaguen la luz cuando tenga los ojos cerrados.

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