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Qué bicho le ha picado a la oms

La Organización Mundial de la Salud abdica de la sobriedad científica para catapultar el coronavirus de "amenaza moderada" a "enemigo público número uno"en dos semanas

La histeria en el tratamiento de los sustos o pánicos epidémicos era patrimonio de los medios de comunicación. Sin embargo, la prensa más amarilla ha quedado descolorida ante el sensacionalismo de la muy científica Organización Mundial de la Salud en el abordaje del coronavirus. Su director general Tedros Adhanom Ghebreyesus ya suscitó la estupefacción global, al sufrir un episodio de tos durante una comparecencia pública de actualización de datos, que saldó con un dudoso “no se preocupen, no es corona”.

La popularización de los conceptos biológicos tiene un límite. Sin embargo, la OMS abdicó de la sobriedad científica para catapultar el coronavirus de “amenaza moderada” a “enemigo público número uno”, en un plazo de dos semanas y sin cambios significativos en la evolución al alza de la epidemia. Qué bicho les habrá picado a los dirigentes sanitarios.

El 24 de enero, investida de su función inapelable en torno al coronavirus y menos de un mes atrás, “la OMS establece que el riesgo de este suceso es muy alto en China, alto al nivel regional y moderado a nivel global”. Nadie atribuiría pronunciamientos veleidosos a una organización de tanto tronío, pero su página web resaltaba el 25 de enero que “la asignación de riesgos de la OMS es muy alto en China, alto a nivel regional y alto a nivel global”. Había bastado solo un día para recalentar la moderación inicial a escala mundial. Un medio de comunicación que mostrara un comportamiento la mitad de caprichoso hubiera recibido una seria reprimenda de los portavoces científicos.

No es la primera vez que la OMS recibe serias críticas por su gestión de epidemias emergentes. Sin embargo, la arbitrariedad era tan descarada que la propia Organización se sintió obligada a emitir una rectificación el lunes 27 de enero, el primer día laborable después de su repentina elevación de la gravedad del coronavirus. En una modesta nota a pie de página señalaba que había establecido “incorrectamente” y hasta en tres informes previos que el riesgo global era “moderado”, cuando en realidad era “alto”. En efecto, los desmentidos científicos también cumplen con la ley del camuflaje.

Los juegos de palabras de la OMS se quedaban lejos de las exigencias de los científicos más preocupados por el brote del coronavirus, que exigían una alarma generalizada. El riesgo “alto” se quedaba deliberadamente a un paso de la “emergencia internacional de salud pública”, una proclamación de escasa frecuencia y que se reserva para los brotes más amenazadores. Al mismo tiempo, la ampulosa internacionalización del conflicto era decisiva para comprometer a los países que se creían al margen del virus. La organización cruzó la brecha de nomenclatura el 30 de enero. En efecto, seis días para saltar del “moderado” a unas previsiones catastróficas. Y no se está hablando de un medio de comunicación.

El frenesí de denominaciones descrito justificaría un examen meticuloso del funcionamiento de la institución sanitaria, pero el etíope Ghebreyesus se reservaba el golpe maestro para esta semana. El pasado martes, el director general de la OMS hasta 2022 protagonizó una escalada terminológica sin precedentes. De repente, el coronavirus adquiría la faz diabólica de “una amenaza muy grave” para el planeta. En una antropomorfización infrecuente en el campo de la virología, el bicho que picó a la Organización se transformaba en “el enemigo público número uno” de la humanidad. Y por si quedaba algún científico dubitativo, su alcance superaba “a cualquier ataque terrorista”. Un lanzamiento de superproducción de Hollywood.

En dos semanas, el coronavirus emigraba de un peligro “moderado” al apocalipsis. Ni el Sun o el New York Post, cabeceras desaforadas de Rupert Murdoch a ambas orillas del Atlántico, hubieran salvado ese abismo en tan breve plazo sin enrojecer. La OMS aportaba la munición dialéctica para que el Mobile barcelonés pudiera ser suspendido, sin necesidad de que el coronavirus acuñara un solo enfermo en el vecindario. Todo ello en medio de la apenas sofocada euforia madrileña, a comparar con el apoyo entusiasta de Felipe González a los Juegos Olímpicos de 1992 en Barcelona.

Las hipérboles de la OMS solo compiten en escasa seriedad con las apelaciones a la calma absoluta en el otro extremo del espectro científico. Los auténticos moderadores han abusado de la comparación del coronavirus con la gripe en número de muertes. Esta clasificación futbolística de enfermedades se esquivó en otras epidemias, aunque también era cierta en el sida. El titular “La gripe mata más que el síndrome” hubiera desatado una oleada de indignación en los ochenta. Entre enfermedades, todavía hay clases.

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