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Sion Moya

Los híbridos y Kobe Bryant

Yo nací en los 90. Somos la última frontera, el híbrido perfecto entre cacharrear con precisión un smartphone y haber pasado la infancia con las rodillas peladas. El equilibrio. Mi generación se crió entre descampados y bicicletas, pero también pirateando videoconsolas y descargando el Messenger en el ordenador familiar (en mi casa, al menos, solo había uno). Yo no cambio eso por nada. Tocar el timbre de la casa de tu amigo un domingo a las 4 de la tarde, sin WhatsApp previo de aviso, y que salga su padre en calzoncillos diciendo que a ver si me dejáis dormir la siesta algún día, eso no se paga con dinero. Son recuerdos no-digitales a los que Facebook no tiene acceso. Al mismo tiempo, se agradece percibir las nuevas tecnologías como algo familiar; a medio camino entre lo nuevo y lo viejo, no concebimos lo digital como idioma materno, pero lo hablamos con soltura.

Se dice que los nacidos en la década de los 90 estamos empezando a construir nuestro relato nostálgico del pasado. Pasa en todas las generaciones, ahora es nuestro turno. Poco a poco, dejamos atrás los veinte y pico, y claro, nos está entrando la morriña. Así que proliferan artículos sobre cuáles serían los ídolos musicales, artísticos y deportivos de la primera década de los 2000. Aquella que inicié con la intensidad de un niño, la única intensidad capaz de generar recuerdos imborrables, y concluyó con la rebeldía de un adolescente. A mí, personalmente, me pareció una etapa maravillosa, what a time to be alive. Sé que suena como una mitificación a toro pasado, efectivamente lo es, pero estoy convencido de que no se puede tratar de otra forma.

A los que vienen después, no quisiera hacerlos de menos. Niños y niñas que crecen en medio de la boyante cuarta revolución industrial también saben atarse los zapatos. No seamos necios. Sin embargo, experimentan su entorno de una forma distinta, saludando a Alexa cuando llegan a casa y mirando de reojo al móvil mientras terminan los deberes. Las generaciones posteriores a la mía, tienen que construir su personalidad en un campo de batalla; relacionándose con iguales que tienen 10.000 seguidores más que tú y la lucha de egos que eso implica. No obstante, también tienen sus ventajas, cuando yo iba al colegio ser homosexual o transexual era aún más difícil y el feminismo andaba en pañales. Ahora el sentido común, el pensamiento de época, ha progresado en ese sentido; aunque ciertas formaciones políticas quieran encerrarlo, junto a sus vergüenzas, dentro del armario del olvido. Sería dramático si solo rescatamos de esos tiempos pasados la homofobia vociferante y la cultura patriarcal más rancia. Está en nuestras manos plantarles cara.

Pero volviendo a lo que hablábamos, nuestra condición de híbridos nos permite tener recuerdos imperfectos, sin fotografías que los sustenten. Recuerdos construidos sobre el estado de ánimo, las emociones encontradas y la fantasía de la imaginación, dejando en segundo plano los hechos concretos. ¿A qué me refiero? Parte de mi infancia murió hace unos días con Kobe Bryant. Una persona mediocre en muchos aspectos, pero un deportista inconmensurable. Todos los que jugábamos a baloncesto en la década de los 2000 queríamos ser como él. Pero siendo sincero, no recuerdo ningún partido suyo, apenas alguna que otra jugada, lo que se mantiene indeleble en mi memoria es cómo me sentía al verlo. Las horas perdidas tratando de ser Kobe en las pistas descubiertas de mi pueblo. Ese no-sé-qué al ponerse una camiseta con su nombre. Todo aquello que hace de un recuerdo algo imborrable. Yo ya he empezado a construir mi relato nostálgico del pasado y una parte de él murió en un accidente de helicóptero.

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