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Susu Moll

La mirada femenina

Susu Moll Sarasola

Las tres edades, Gustav Klimt (1905)

Una vez más me siento obligada a escribirte. Me gustaría creer que será la última pero lo dudo. Yo pensaba que las cosas iban mejor entre nosotros. Imagino que pasamos fases mejores y peores.

Alguien cercano me contó la historia de una mujer a la que llamaré Carmen para no desvelar su nombre real. Quiero que escuches esta historia atentamente y que olvides tu móvil por unos minutos.

Carmen lo daba todo por sus hijos. Todo es todo.

Les lavaba y planchaba la ropa. Les ayudaba con sus tareas. Les llevaba y recogía del colegio. Les preparaba las mejores comidas.

Cuando regresaban a casa sus cuartos estaban perfectamente recogidos y la casa olía a perfume. La cena servida en el plato a las ocho en punto. Los pijamas bien colocados sobre sus camitas.

Todos comentaban lo buena madre que era Carmen. Lo entregada que estaba a su familia. Y las visitas iban y venían deshaciéndose en constantes elogios. Carmen era una mujer popular y todos disfrutaban de su casa y de sus guisos.

¡Qué trabajadora y qué paciencia de Santa! Comentaban.

No había madre en el universo que pudiera compararse. Además, era sorprendente porque nunca pedía nada. Y casi nunca se enfadaba. Lo encajaba todo bien con una sonrisa siempre en la cara.

De sus hijos la más pequeña era también la más rebelde. La que tuvo más problemas en el colegio. La que dio más guerra porque no quería casarse y tardó en decidir qué hacer con su vida. También era la que tenía más sensibilidad y desde pequeña observaba a su madre con extrañeza y cierta melancolía.

Mientras Carmen fue joven todo fueron elogios. Su marido sacaba pecho y sus hijos se enorgullecían de tener a la mejor mamá del mundo. Una mamá que jamás pedía, ni se quejaba de nada y en cambio lo daba todo.

Pero el tiempo fue pasando y Carmen enviudó, y la vejez la asaltó a la velocidad del rayo. Casi como si de una maldición se tratara. Entonces fue dejando de cocinar y poco a poco desaparecieron los invitados.

Sus amigos y familiares ya a penas se acercaban a visitarla. Esto la puso muy triste. Tanto había dado a los demás que sentirse sola le parecía una condena injusta. Le costaba ver la casa vacía.

La tristeza aceleró la vejez y la vejez agrandó la tristeza. Y un día también dejó de ser guapa y le falló la rodilla. Y luego la vista. Y como una margarita que va perdiendo uno a uno todos sus pétalos terminó postrada en una silla de ruedas.

Pero lo que fue sorprendente de verdad es que durante todo ese proceso de deterioro sólo la pequeña de sus hijos, la más rebelde, fue a visitarla.

Un día Carmen la telefoneó para que acudiera en su ayuda. Quería ducharse y no se atrevía a hacerlo sola. Ni siquiera con aquella silla. Ese día hablaron y le confesó su pesar.

„¿Por qué no vienen a verme el resto de tus hermanos? ¿Por qué tengo la casa vacía?

Por fin se atrevió a verbalizar su pena.

„No vienen porque les diste tanto que te olvidaste de enseñarles lo más importante.

„¿Qué era lo más importante, hija?

„Te olvidaste de enseñarles que tú también les necesitabas.

Mamá, nunca pediste un regalo por Navidad. Y dejaste de comer en más de una ocasión por darnos más comida. Tampoco reconociste nunca que estabas cansada y que necesitabas que alguien te ayudara. Nunca luchaste por tu lugar en la casa, por tu espacio en el sofá, por tus sueños, porque alguien te preparara un día el desayuno. Creías que dándolo todo ese lugar estaría asegurado. Pero no es así, madre. No nos enseñaste a cuidarte.

Entonces, escuchando aquellas palabras que se le habían clavado en el alma como puñales Carmen se dio cuenta de cuál había sido el gran error de su vida pero ya era tarde. Había criado a un montón de hijos egoístas y comodones que no hacían más que poner excusas para no ir a verla. Ni siquiera estaban dispuestos a pagar para que alguien externo pudiera ayudarla. Se quejaban de los míseros sueldos que cobraban aquellos cuidadores y se hacían mala sangre creyendo que encima se aprovecharían.

Al menos Carmen tenía a su hija y ella la acompañaría hasta el final de sus días.

Es importante que las mujeres dejemos de pretender ser como Carmen y reivindiquemos nuestro lugar dentro de la familia. Hay que pedir más y sin miedo.

Esta historia te la cuento a ti, especialmente a ti. Por todas esas veces que no respondiste. Por todos esos momentos en los que quise explicarte y no supe.

Tal vez para nosotros no sea aún demasiado tarde.

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