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José Pons

El movimiento nacional

Hace unas semanas, una dirigente de Arran (juventudes de la CUP) afirmaba con desvergüenza supina y colosal ignorancia que no creía en la existencia de los derechos individuales sino en los derechos colectivos y que la “lucha” en las calles continuaría porque tenían razón. Poco tiempo después, decía el President de la Generalitat (ese que defiende que las resoluciones que no se comparten no se han de cumplir) que la Junta Electoral no podía imponerle nada porque no era una autoridad superior a él.

Al mismo tiempo, los pregoneros de la bondad intrínseca del procès independentista sostienen con rotundidad que la sentencia inculpatoria del Tribunal Supremo fue la culminación de una maniobra satánica de los poderes del Estado español para negar los derechos más elementales de la nación catalana. Y para ello no dudan en tachar de franquista, fascista y represor a dicho Estado e incluso en hablar de “rehenes” al referirse a los condenados en dicha sentencia.

? Si todo esto sólo fuese libre opinión no sería muy preocupante, pero detrás de este lenguaje y de esta actitud hay un supremacismo y un nacionalismo excluyente y discriminador que niega la democracia, la libertad y la otredad. Desgraciadamente -y siento mucho escribirlo- a lo que más se parece es al Movimiento Nacional que instauró Franco como partido único o como superador de lo que él llamaba la “falaz dialéctica del juego de los partidos”.

Hace pocos días las imágenes del Palau de la Música en el concierto de San Esteve, con esteladas, pancartas y niños entusiastas cantando el “himno nacional” inevitablemente evocaban los actos que en su día organizaron los regímenes autoritarios o dictatoriales donde los más importante eran las adhesiones ciegas e inquebrantables.

Franco estimaba que los que criticaban su acción eran los enemigos de España, no ciudadanos en el libre ejercicio de su libertad de crítica. Y hablaba a menudo de una “conjura judeo masónica” y de los “comunistas y sus compañeros de viaje” como los instigadores de maniobras contra España. No es muy distinto de lo que dicen los independentistas en Cataluña cuando se refieren a “los enemigos de Cataluña” y cuando califican a los opositores de “fascistas”. Hace unos días, un responsable político decía en Twitter que “en realidad los catalanes no independentistas no son catalanes”. O sea, para este personaje, más del 50% de la gente que vive en Cataluña, en realidad, no son catalanes.

En los años 60, el dictador hablaba de “esas decadentes democracias europeas”. En un reciente tuit de Puigdemont, el expresidente de la Generalitat, hablaba de “el decadente estado español”.

El político Joan Tardá manifestaba recientemente que una vez que Cataluña sea independiente, los catalanes seguirán en la política española porque habrá todavía unos territorios “ocupados” como son Valencia y Baleares que forman parte de los mal llamados Países catalanes. Una entidad que no ha existido nunca y que desgraciadamente, siento decirlo, su reivindicación huele a la de “un pueblo, una nación” junto con la necesidad del espacio vital para el pueblo alemán. ¿Alguien puede extrañarse del crecimiento y de la fuerza de Vox?

En septiembre de 1962 hubo unas terribles inundaciones en la comarca del Vallés Oriental. Franco visitó Barcelona y según el NODO (Noticiario oficial del régimen) “Después del solemne Te Deum en la catedral de Barcelona, a la salida del templo, Franco es objeto de nuevas manifestaciones de afecto y entusiasmo de la muchedumbre que se congrega en la plaza de Cristo Rey. En este verdadero plebiscito popular están presentes los municipios, las corporaciones, las representaciones de las comarcas vallesanas recuperadas y todos lo estamentos laborales y sociales de Barcelona”. Fin de la cita.

Jueves, 15 de octubre de 2015, Barcelona. Cito de la prensa de entonces: “Artur Mas ha llegado al paseo Lluis Companys y ha avanzado junto con una comitiva de más de 500 personas entre 400 alcaldes de municipios que se han adherido a las asociaciones independentistas, alcaldes que blandían la vara de mando, los miembros del Govern y diputados de Junts pel Sí y de la CUP y otros representantes. Mas ha subido en solitario las escaleras del Palau de Justicia mientras miles de personas jaleaban su nombre y no cesaban los gritos en contra de la justicia española”. Fin de la cita. En realidad, eso no era sino el aperitivo.

Con un pequeño esfuerzo podríamos hablar también de la extraña similitud entre la misteriosa fortuna amasada por la familia Franco y la fortuna, solo conocida en parte, de la familia Pujol, ambas durante el ejercicio del poder.

Sí, algunos me dirán que no se puede comparar aquella dictadura con el tiempo actual. Afortunadamente es verdad. Ahora vivimos en democracia, en un Estado de Derecho con garantías plenas para todos los ciudadanos. Pero el ejercicio de la democracia nunca está por encima de la ley. Los pueblos no tienen derechos preexistentes a la ley democrática. Las aspiraciones, las idea y las palabras son libres pero los actos no, tienen que estar siempre sometidos a la ley. Y quien quiera cambiar la ley tiene que conseguir una mayoría para ello.

El separatismo catalán ha hecho suyos los instrumentos de propaganda que los nacionalismos destructivos han utilizado habitualmente: adoptar una única idea, individualizar al adversario en un único enemigo o difundir argumentos falsos a partir de una mitología nacional o un complejo de prejuicios tradicionales de manera que puedan arraigar en la gente.

Si el independentismo catalán quiere crear un movimiento nacional en el que solo tengan cabida los “buenos catalanes”, que lo diga abiertamente, pero que se atenga a las consecuencias. Quien siembra falsas unanimidades y proyecta espejismos solo puede cosechar gigantescas frustraciones. Que nadie se engañe, los movimientos nacionales tienden a la desaparición porque nada que sea impuesto puede sobrevivir a sus creadores.

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