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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

La adolescencia del presente

La inmadurez política del nacionalismo catalán no puede entender que deba pagar algo por haber vulnerado las leyes y la Constitución

Quería escribir sobre Salvador de la Encina, presidente de Puertos del Estado, eximio representante del socialismo institucionalizado, que la pasada semana aseguró que ni el Ayuntamiento ni el Govern pueden limitar el número de cruceros que llegan a Palma. “No se puede legislar ni se hará. Son los representantes del sector los que deben autolimitarse”. Me sorprendió el silencio provincial al desatino con el que la autoridad central niega la capacidad de la municipalidad y la autonomía para regular los excesos del crucerismo. Quería escribir sobre la insoportable levedad de un socialismo genuflexo ante las navieras, sobre la estúpida arrogancia de un digitado por Sánchez, digno sucesor de aquel otro que se solidarizaba con el cesado Antonio Garau, el que exigía en los tribunales el pago de sus sobornos. Quería escribir sobre la hipocresía de Francina del amor infinito, nuestra ubérrima comadre nacionalista, sobre su cobarde silencio, temerosa de acumular más desdenes del doctor presidente. Pero la actualidad se impone.

La actualidad es la sentencia del procés y los tumultuosos desórdenes en Cataluña. La sentencia ha sido fuertemente contestada por el nacionalismo y la prensa más conservadora. Los conservadores objetan el carpetazo a la rebelión y al contenido del discurso del Rey del 3 de octubre de 2017. Los nacionalistas, por boca de Torra han proclamado que “no es un acto de justicia, sino de venganza; un insulto a la democracia”. A ese exabrupto se sumó inmediatamente nuestro inefable Miquel Ensenyat, que ha liderado la inmediata reacción del nacionalismo en Mallorca, con muy moderadas manifestaciones en Palma y algunos pueblos de la isla. Pienso que los redactores de la sentencia han tenido muy en cuenta factores políticos y jurídicos en aras a conseguir la unanimidad, tales como la necesidad de conjugar la sanción a la vulneración de las leyes con la posibilidad de reiniciar una nueva época de normalidad democrática; también la de blindarse ante el previsible recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Flojea, inevitablemente con la conclusión de que todo el movimiento insurreccional desde las instituciones catalanas fuera simbólico; asegura la reincidencia, no de los catalanes, de los nacionalistas. Quizá ha sido la sentencia adecuada para el momento que vivimos. Una sentencia que hay que acatar y aceptar.

Pero lo que no se puede es pasar por alto la reacción del nacionalismo. Ni a la sentencia, ni a los tumultos violentos en Cataluña durante la semana. Cuando Torra argumenta que no es justicia sino venganza, inmediatamente acude a la memoria la profecía de Francesc Pujols a principios del siglo pasado: “Llegará un día en que los catalanes, por el simple hecho de serlo, iremos por el mundo y lo tendremos todo pagado”. ¿Qué significa todo esto? Es muy simple, es la convicción que expresa, por una parte, el supremacismo nacionalista (“somos así de grandes”) y es, por otra, la ensoñación del romanticismo político a la que se han entregado los nacionalistas catalanes. El romanticismo político, al representar la entrega a la política de las emociones, es la ideología responsable de que el siglo XX haya sido el más mortífero de la historia de la humanidad. El romanticismo es el estadio propio de una juventud y una adolescencia propias de la inmadurez de la razón, de la que constituye la incapacidad del sujeto de entender que uno es responsable de sus actos; su culminación, el martirio, que engrandece el mito. Así, uno no debe preocuparse por las consecuencias de su voluntad libérrima; así, la adolescencia política del nacionalismo catalán no puede entender que deba pagar algo por haber vulnerado las leyes y la Constitución y haber aprobado la independencia de Cataluña. Ellos están por encima de las leyes. Por eso hablan de venganza, precisamente porque los procedimientos legales son los que niegan la venganza como solución de los conflictos e instauran la justicia.

La adolescencia es la incapacidad del nacionalismo en el poder de asumir que, o bien se es poder o bien se es víctima. Se quiere identificar con las víctimas pero no quiere prescindir del poder. Ése el retrato de un señor mayor como Torra, que, al mismo tiempo que alienta el Tsunami Democràtic y afirma rotundo, tras el vandalismo que incendia Barcelona, que los nacionalistas se manifiestan pacíficamente, manda a los Mossos d’Escuadra a reprimir las algaradas. Adolescencia es la rémora infantil de confundir el yo con el mundo. Una muestra cercana de la puerilidad de la política del presente nos la dan no sólo los nacionalistas. El bacilo de la irresponsabilidad se ha extendido al resto de las fuerzas políticas. Un ejemplo es la pancarta que aparece en la balconada de nuestro ayuntamiento contra la pobreza. No corresponde a otra intención que a que se identifique a los que mandan en el ayuntamiento con los pobres. Nada más lejos de la realidad. Nuestros concejales no asumen la responsabilidad de ser el poder, con la que se presentaron ante los electores, la de la lucha contra la pobreza también, como si no fuera con ellos, porque ellos reclaman, ¿a quién? Como piensan que la solidaridad de los que votan es con los desfavorecidos, quieren ser, al mismo tiempo, poder y víctimas, uno y su contrario, quieren serlo todo, y tener así el máximo de votos. Huérfanos de política, los políticos se han entregado a las emociones, a la más intensa, la de la identidad.

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