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Del sublime orgasmo al placer del poder

Carl Cederström es profesor de la Universidad de Estocolmo y columnista de "The Guardian". Su trabajo se centra en el estudio de los movimientos sociales que recorren nuestro presente, como el MeToo o las nuevas ideologías en los tiempos del precariado, y se inscribe en la investigación sociológica de sus dos obras precedentes, Wellness Syndrome y Dead Man Working.

Con un estilo entre la divulgación asertiva y la crítica argumentada, se propone en La ilusión de la felicidad identificar y desmontar el falso modelo de felicidad que se nos viene imponiendo desde hace un siglo, pues se trataría, a pesar de los pesares, de una ilusión irrealizable.

Es verdad que el tema está manido y es cansino hasta el hartazgo. ¿Puede decirse algo nuevo sobre este anhelo tan plenamente asentado? Cederström acierta a articular un argumento genealógico, un análisis retrospectivo capaz de detectar nuestro modelo de felicidad y su posterior desarrollo.

En los años veinte, cuando Freud es ya un autor con prestigio, aparece en el escenario del psicoanálisis alguien que, durante algún tiempo, será considerado su discípulo preferido, cuarenta años más joven que el maestro, Wilhelm Reich. Pero pronto, la manera diferente de concebir la función de la sexualidad y el ideal de felicidad, hará que ambos queden radicalmente enfrentados. El porvenir de una ilusión y El malestar en la cultura, obras escépticas y restrictivas, son las dos respuestas que Freud habría compuesto como reacción a las consideradas excéntricas optimistas tesis de W. Reich, quien ha empezado a presentarse con un nuevo programa revolucionario basado en la conquista de la energía vital del orgasmo, como revolución sexual previa y necesaria para una definitiva revolución social.

A pesar de que las tesis que se impondrán en el psicoanálisis ortodoxo serán las del maestro y no las del díscolo discípulo, Cederström rastrea la influencia directa del autor de La función del orgasmo en el ambiente bohemio norteamericano de la primera mitad del siglo XX, con autores como H. Miller, en la Generación Beat contracultural de mediados de la centuria de los Kerouac y Burroughs y en el movimiento hippy psicodélico de los sesenta y los setenta.

El modelo de sexualidad defendido por estos idearios recoge visceralmente las propuestas reichianas y, de este modo, una especie de nuevo derecho humano se va generalizando como tesis medular de la naciente humanidad que ya no estaría dispuesta a renunciar al placer sexual, contra la represión de la moral religiosa y del orden económico opresor de los tiempos precedentes.

Sin duda, las ideas de liberación calaron, pero ¿resultaron ser un afianzamiento de la ansiada felicidad? Es en este momento donde el trabajo del periodista sueco afina y diagnostica un punto de inflexión que nos llevará de la reivindicación liberadora inicial a la apropiación que el sistema económico acomete al hacer suyo este programa.

Aldous Huxley, el autor de Un mundo feliz y uno de los más renombrados representantes de la moralidad contracultural, habría conseguido inocular en sus ensayos la idea optimista del "potencial humano" abierto a un futuro prometedor. Y aquí, en esta esperanza anunciada, que tiene intención emancipadora, ve Cederström cómo se articula toda una deriva de recursos empresariales prestos a fusionar la idea de felicidad de sus trabajadores con la de productividad. A la felicidad a través de la eficiencia autorrealizada, del éxito productivo y de la individualidad descollante.

El Instituto Esalen, en California, es el primer gran fenómeno centrípeto y centrífugo, en sístole y diástole, de esa unión de felicidad y trabajo. El proyecto de liberación personal, basado en la autenticidad y la autorrealización, se ve transformado en un programa para el éxito profesional, en paralelo con la reconducción económica de Thatcher, Reagan, Bush y compañía, y apoyado con el Prozac que empieza a recetarse en 1987. Y el modelo de vida feliz se ve encarnado a la altura del siglo XXI en personajes "Trumpusconis", que son quienes representan los placeres de una vida sexual sin límites y el éxito profesional de quien llega a controlar el poder político. Si se quiere ser feliz, es decir, si se quiere tener suficiente sexo y poder social o, al menos, un buen estatus laboral, hay que parecerse a Trump o a Berlusconi, ambos son lo mismo.

Pero ¿es posible generalizar este modelo a un amplio conjunto social? El autor cree que no y por eso habla de "ilusión" de la felicidad. Aquí encaja el antihéroe de las novelas de Houellebecq, que lúcidamente solo aspira a aplacar algo su deseo sexual en un mundo sin esperanza. Consciente de que toda esta deriva secular es narcisista y, una vez más, falocrática, dedica una última reflexión al modelo feminista de felicidad que apunta hacia la empatía en lugar de a todo ese ego reconcentrado en su placer (en la primera etapa) o al que aspira además al poder, en la segunda etapa. He aquí la argumentación general a través de los dos colores dominantes del tapiz tejido, aunque hay otros colores, pero esos corren ya a cargo del futuro lector, dueño, en definitiva, de extraer su propia jerarquía de conclusiones.

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