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Salvem Can Pere Antoni (fin de la serie)

Unos análisis entre gente conocida -deliciosa expresión aparcada en el garaje de los trastos viejos- ha demostrado que las partículas de plástico o microplásticos ya han invadido nuestros cuerpos. No sólo los de los peces. La invasión de los ultraplásticos es, pues, un hecho como lo es la implantación de los chips en los perros. Si no lo llevamos nosotros -el chip localizador- es porque el mundo es una red donde todos estamos atrapados, localizados y controlados en todo momento. Ya sabemos que somos lo que somos más el plástico que llevemos dentro.

Uno se pregunta si este plástico lo hemos ingerido con la comida o lo hemos respirado en el aire. Se nos dirá que el plástico nos lo comemos, pero probablemente lo respiremos también: polvo de plástico. Y ahora nos vamos a nadar un rato a Can Pere Antoni. En esta playa palmesana se descubrieron cantidades considerables de microplásticos: todo aquel que se bañe en ella está más que expuesto a tragárselos. Pero también se tragan otras cosas menos asépticas que el plástico. ¿Y el aire? ¿El aire que se desprende de Can Pere Antoni y los frutos de Sa Merdera, qué trastornos produce?

De momento existen serias sospechas de que el lío electoral en que nos han vuelto a meter esté provocado por los efluvios de Can Pere Antoni. Observen si no: cuando los partidos mayoritarios vinieron a Mallorca a hacerse publicidad, varios de ellos eligieron el entorno de la catedral con el mar detrás. Los asesores de imagen pensaban en la belleza del entorno -ahora lo llaman así- pero desconocían el aire que iban a respirar. El mar a sus espaldas, hemos dicho. ¿Qué mar?: el mar de Sa Merdera. Ellos no lo supieron ni lo sabrán, pero fueron víctimas de los maléficos efluvios subacuáticos, estuvieran esos efluvios acompañados de polvo plástico o no. Ninguno se marchó como había llegado a la isla -no eran, repito, conscientes de la mutación- y la cosa acabó como ha acabado: mal. Al revés que Fraga en los 60.

Manuel Fraga y el embajador norteamericano se sumergieron en las aguas radioactivas de Palomares y salieron con energías renovadas. Todo el mundo se fijó en el meyba tipo bombachos del gallego imparable y ahí se acabó el asunto de las bombas atómicas perdidas en el mar por un avión yanqui. La resolución radioactiva de Fraga resultó óptima en comparación a la atmósfera de Sa Merdera introducida en el Parlamento de la nación. De ahí que sólo no se han tirado de los pelos porque habían paralizado tanto la situación que ni los brazos podían mover ya: estaban plastificados y vuelta a votar. ¿Habían tomado un extraño bebedizo? Quiá: habían respirado los aromas de Sa Merdera.

Si nuestros próceres y aspirantes, por una hora de Merdera desde el Parc de Mar o las murallas, se han sumido en la confusión y el desentendimiento políticos, no quieran ni imaginar a lo que nos estamos arriesgando aquí si no toman de una vez por todas cartas en el asunto. De momento, algún ejemplo tenemos y en todos los frentes. Recuerden el caso del obispo Salinas: ¿no pudo ser otra consecuencia de Sa Merdera, situada ante el palacio episcopal? ¿Y el edificio de GESA o la momia de Tutankhamon cada vez más decadente hasta que se nos caiga encima? ¿Y el caso Núñez, que destapó la Caja de Pandora de UM? ¿Y el piso de Bauzà? Hasta el toro de Calatrava (aunque quede un poco más lejos es una amenaza permanente) parece inspirado por la insania de Can Pere Antoni trasladada por el viento hasta el Baluard.

En fin, algo hay que hacer y la solución es La Concha o Cannes, no continuar con lo que tenemos y acabar como Muerte en Venecia y su epidemia de cólera. No pude escribir a final de verano el colofón sobre la playa palmesana. Estamos en otoño y sigue habiendo bañistas y haciendo calor, con lo que una prórroga no es un despropósito. Can Pere Antoni se salvará si existe la voluntad política de salvarla y se ponen de acuerdo las administraciones que corresponda. El Govern ha anunciado esta semana que va a usar dinero de la ecotasa para paliar el desastre causado por Thomas Cook. Esperamos que algún día muy cercano el impuesto ecológico se use para salvarnos de un desastre mayor que afecta a todos los palmesanos: Can Pere Antoni. Antes, eso sí, de que se vuelva un pantano excrementicio emitiendo hora tras hora fiebres pestilentas y perniciosas, por si lo de ahora no fuera ya suficientemente enfermizo. Antes incluso de que la niebla plástica y venenosa se infiltre en el Consolat de Mar y el Parlament y todos se vuelvan turulatos. Si se desecó Sant Jordi hace un par de siglos, ¿nos van a hacer creer que no pueden salvar la playa? En fin: quedamos a la espera y volveremos a la carga el próximo verano, de seguir las cosas como están. Que me temo lo seguirán estando, qué pereza.

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