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Sion Moya

Aires de Octubre

El aire cambia en octubre. El verano ha terminado, empiezas a echar en falta la manta, y los que sufrimos de hiperhidrosis dejamos de sudar durante unos meses. Es decir, octubre tiene sus ventajas. Pero claro, eso siempre depende de a quién se pregunte. A veces pasa que en octubre coinciden cosas que no esperábamos: campañas electorales no deseadas por nadie, sentencias judiciales que pueden escocer, partidos nuevos con viejos candidatos, las audiciones a ciegas de La Voz Kids; vamos, un carrusel de emociones difícil de gestionar.

Sergei Eisenstein y Grigori Aleksandrov dirigieron en 1928 una película que narra el inicio de la revolución soviética. El film lleva por título el nombre del décimo mes del año: Octubre. Obviando los avanzados recursos técnicos exhibidos, la genialidad de la película reside en que no hay protagonistas, ni guapos ni feos, ninguno. Evidentemente, a los directores de Hollywood les estallaría la cabeza. Es comprensible. Sin embargo, si buscamos cierta coherencia con la ideología comunista, donde se representa al pueblo como un conjunto homogéneo sin privilegiados, debemos reconocer que la jugada de los dos cineastas soviéticos por antonomasia fue muy inteligente. Un año antes, en la meca del cine norteamericano se estrenaba Wings, la primera película de la historia galardonada con un Óscar. En ella se despliega una historia de amor truncada por la Primera Guerra Mundial. Charles Rogers, el protagonista, cabalgando el cielo a lomos de un prominente avión de combate, escenifica el tópico de héroe solitario. Alguien ajeno a todo lo que le rodea, literalmente por encima. Formas distintas de entender el cine y el mundo, la lucha de antagónicos que marcó el compás del largo siglo XX.

La política española se parece más a Wings que a Octubre. Nos gustan los héroes, pero sobretodo los villanos. Por eso nos encontramos enraizados en una contienda al estilo hollywoodiense, donde nuestros protagonistas, en lugar de esforzarse en cautivar la atención de alguna señorita (cosificada) de bien, compiten por el amor del electorado. El personalismo como estrategia político-mediática. Qué desazón. Mientras tanto, elecciones como arma arrojadiza, presupuestos paralizados, infantilización de lo política hasta el absurdo y la casa sin barrer. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) sitúa a España como el país europeo con un mayor peso de los contratos temporales de menor duración, los inferiores a seis meses. Supongo que 140 millones en gastos electorales revertirán la situación, ¿quién no ha encontrado trabajo fijo (y digno) tras revisar con atención la propaganda electoral acumulada en el buzón?, ¿solo yo? No me lo creo.

Pero claro, la culpa es nuestra, que votamos mal. Un 70% del censo nacional en edad de votar acudió a las urnas el pasado mes de abril. Se supone que tal afluencia señala un marcado compromiso de la ciudadanía con lo público. Una madurez que se echa en falta entre los parlamentarios, pues en el hemiciclo vemos mucho Charles Rogers brabucón presumiendo del tamaño de su aparato (de partido). Nos pierde Hollywood porque, como dijo Don Barzini en El Padrino, "después de todo, no somos comunistas". Así pues, evocados como estamos a vivir una parodia ponzoñosa del mágico cine norteamericano de la década de los veinte, demando mayor adecuación, para darle cierto empaque. Tanto el largometraje soviético como el estadounidense eran obras mudas. En cambio, nosotros nos vemos obligados a escuchar los embauques de nuestros héroes de pacotilla de martes a lunes. Por favor, ahórrenselo, con lo bonito que es octubre.

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