13 de septiembre de 2019
13.09.2019
Tribuna

Por qué los cruceros deben prohibirse en las ciudades

13.09.2019 | 02:45

El progreso de Occidente se forjó en sus ciudades. A Micenas le siguieron Esparta, Atenas, Bizancio, Cartago y tantas otras. Roma generó una red de ciudades que más tarde sería el esqueleto de Europa. En la península ibérica hubo momentos de esplendor: Córdoba, Toledo, Sevilla, Granada y Madina Mayurqa estaban, a comienzos del segundo milenio, entre las mayores y más activas del continente. El Renacimiento, la Revolución Científica, la Ilustración, la Revolución Industrial, todo ocurrió en las ciudades. En ellas convivían usos diversos: viviendas, mercados, escuelas, templos, palacios, teatros. Las que bordeaban el Mediterráneo tuvieron especial protagonismo porque el mar facilitaba el intercambio cultural y comercial. Controlar ese mar era dominar el mundo, y muchos pueblos compitieron por él: fenicios, griegos, cartagineses, romanos o turcos. Por el mar venían culturas lejanas y mercancías exóticas, pero también peligros: las ciudades que se atrevieron a asentarse en la costa, como Agrigento, Palma o Siracusa, se protegieron con sólidas murallas.

Pero las ciudades vivieron también momentos críticos: en el siglo XIX apareció un nuevo uso que se mostró incompatible con la vida urbana. La industria amenazó seriamente su equilibrio, provocó una contaminación que generó graves problemas de salubridad, y las hizo inhabitables. Años después, naturalmente, las fábricas fueron prohibidas en las ciudades. Esta ejemplar experiencia debe ser ahora recordada, porque el equilibrio vuelve a estar amenazado. Y la amenaza viene, otra vez, desde un "nuevo uso" incompatible. En el XIX el "nuevo uso" fue la industria. En el XXI es el turismo masivo. No estoy diciendo que deba prohibirse el turismo, como tampoco se prohibió la industria. Pero la industria, naturalmente, se excluyó de las ciudades.

¿Qué hacer hoy con el turismo masivo? Los grandes cruceros son sólo una de las cabezas de la Hidra: enormes edificios flotantes que jamás consiguieron licencia municipal para ser construidos, penetran como colosales Caballos de Troya derramando sobre calles y plazas una súbita población de miles de personas. Ciudades como Barcelona, Palma, Venecia o Dubrovnik, ponen entonces su tejido comercial al servicio del turista, y la ciudad pierde su carácter. Ni tiendas ni terrazas ni paseos están ya al servicio de los residentes, que se abren paso con dificultad entre la masa. Ni encuentran donde sentarse a tomar un café ni sus tiendas existen ya. Mi ciudad no es para mí.

¿Debemos pues permitir que los cruceros atraquen en las ciudades o conviene prohibirlo, como hicimos con las fábricas? Recientes estudios muestran que los gases contaminantes de un solo crucero son equivalentes a los de cientos de miles de coches, y a esta desmedida polución aérea hay que añadir el envenenamiento del mar. Los perjuicios derivados de la agresión medioambiental son evaluables e insostenibles, pero lo peor no es esto. Porque hace falta estar ciego para no ver que el precio –urbano y humano- que está pagando Venecia por causa de los cruceros es muy superior al pírrico beneficio económico que puedan generar. La noticia luctuosa es que Venecia ya no existe. No hace falta que vayan a verla. Hoy es una aglomeración de edificios sin vida real, atiborrada de comercios para turistas, sin interés alguno. Es preferible ver las fotos de lo que fue y ahorrarse el viaje y el disgusto. El efecto demoledor que los cruceros están provocando en las ciudades mediterráneas del siglo XXI es muy superior al que provocó la industria en el XIX. La ciudad rompe su equilibrio -su carácter se evapora- para convertirse en un fósil de sí misma, un cadáver pulcramente embalsamado al servicio de eventuales visitantes a los que el equilibrio de la ciudad les importa poco.

¿Queremos que nuestras ciudades acaben convertidas en mera carcasa al servicio de grandes cadenas o de pequeños comercios turísticos? Estamos en el camino. Sorprende que un fenómeno que se está mostrando tan demoledor sea todavía tratado con paños calientes. Se prohibió la industria contaminante en las ciudades y fue un acierto. Se prohibió fumar en restaurantes o aviones y fue un acierto. Se prohibió circular en coche por ciertas calles y fue un acierto. ¿A qué viene ahora este miedo al arte de prohibir? Un político responsable debe ser capaz de distinguir lo que perjudica al bien común. Si una actividad es nociva para la ciudad debe evitarse. No cabe decir "debe regularse". No cabe decir "se permitirá una sola industria contaminante por barrio, o se podrá fumar un solo cigarrillo por cada trayecto de avión". ¿En qué cabeza cabría? Si una actividad es perjudicial para la ciudad, lo es desde la primera a la última muestra. Aceptar una sola es abrir la puerta a toda clase de subterfugios. Y tampoco cabe decir "se pagará una tasa por las molestias". ¿Qué tasa sería hoy capaz de compensar la muerte de Venecia o la previsible muerte de Palma? Una actividad cuyos efectos nocivos están más que probados debe excluirse de las ciudades con toda naturalidad. Explíquenlo los políticos responsables con la firmeza que mostraron prohibiendo las industrias y con la serenidad que otorgan los argumentos. Los ciudadanos tenemos derecho a la ciudad, y los cruceros deben ser prohibidos en las ciudades mediterráneas. Naturalmente.

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