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Antonio Papell

El populismo llega al Reino Unido

El caso no tiene precedentes en la dilatada historia de la democracia parlamentaria británica, cuyos orígenes se remontan al siglo XVII y es, por tanto, la más antigua del mundo: Boris Johnson, un atrabiliario político reaccionario y populista, periodista de cabecera de Margaret Thatcher, exalcalde de Londres y adelantado de la causa del Brexit, ha exigido a la Reina una irregular y dilatada suspensión del Parlamento para frustrar los legítimos intentos de la Cámara de evitar un Brexit duro. Es decir, por razones absolutamente partidarias, ha cometido la marrullería intolerable de paralizar el proceso democrático con el fin de imponer sus tesis a las de sus adversarios ideológicos -su mayoría al frente del grupo tory es de un solo escaño- y embarcar al Reino Unido en una aventura incierta que lo convertirá en un paria a los ojos de sus antiguos socios y desacreditará durante mucho tiempo un sistema en que todos los que hemos llegado después a la democracia nos hemos mirado con arrobo y admiración.

La oposición, con el mediocre y ambiguo laborista Jeremy Corbyn al frente, decidida a evitar un Brexit duro pero no unánime en lo referente a la convocatoria de un nuevo referéndum, había descartado inicialmente presentar una moción de censura y había optado por amarrar legislativamente a Johnson de forma que tuviera que negociar (o renegociar) la salida de la UE para evitar el lesivo vacío, de consecuencias muy negativas para ambas partes, que provocaría una ruptura a las bravas. Y ante semejante amenaza democrática, el premier, elegido por su propio partido en sustitución de Theresa May, ha aplicado torticeramente la llamada prórroga, la suspensión del parlamento unos días para reiniciar la legislatura mediante el discurso de la reina que inaugura el curso político. De esos pocos días rutinarios a las cinco semanas que ha solicitado, y logrado, Boris Johnson, hay un abismo malicioso, que evidentemente la reina no ha podido impedir ya que prevalece el deber de neutralidad de la Corona. De este modo, el Parlamento cerrará el 9 o el 10 de septiembre (estaba previsto que fuera el 13, y sólo por unos pocos días) y se reabrirá el día 14 de octubre, tres días antes del vital Consejo Europeo del día 17, y, según Johnson, con tiempo "más que suficiente para debatir el Brexit"€ que, de no mediar arreglo alguno, se consumaría brutalmente el 31 de octubre.

La respuesta de la clase política en el propio Reino Unido ha sido dura, y un sector relevante de los propios conservadores ha mostrado su consternación ante la desvergüenza de su líder. El exministro de Economía Philip Hammond y el lenguaraz y popular speaker de los Comunes Tom Bercow han reaccionado con indignación manifiesta. La primera ministra escocesa Nicola Sturgeon ha comparado la conducta del premier británico con la de un dictador. Y la líder conservadora y unionista de Escocia, Ruth Davidson, que forma parte del grupo tory en Westminster, ha dimitido en protesta por el desmán.

La situación queda ahora confusa, pero desde luego es altamente improbable que haya tiempo de una solución legislativa que obligue a Johnson a renegociar la salida con la UE, a gestionar una versión aceptable por todos del acuerdo ya logrado con May que nunca consiguió sin embargo el respaldo de los Comunes. Se arriesga, sí, a una moción de censura, pero es altamente improbable que liberales acepten a Corbyn como primer ministro-puente hasta unas elecciones. Tampoco es fácil que haya deserciones entre los conservadores, ya que quienes tomasen ese camino arriesgarían su carrera política.

La realidad es que el disparatado referéndum del Brexit, un acto impropio de dudosa democracia directa en el que sus promotores arriesgaron el futuro del Reino Unido mediante mentiras abultadas y sofismas de a puño, está teniendo las consecuencias disolventes que cabía temer. El Reino Unido se hunde, al borde del desmembramiento, de la mano de un populista como Johnson, quien recibe -tiemblen ustedes- los estímulos y los parabienes entusiasmados de Donald Trump, que al fin ha conseguido debilitar a Europa. Aunque de momento es la libra esterlina y no el euro la que desciende a los infiernos.

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