20 de julio de 2019
20.07.2019
Tempus est iocundum

La Justicia es débil frente a los poderosos

Juzgar a quienes detentan poder por ser autoridades o por su dinero siempre es más complicado que sentenciar a un vulgar ladrón

20.07.2019 | 02:45
La Justicia es débil frente a los poderosos

La Justicia, incluso por su prestigioso nombre, es la institución en la que más confianza hemos depositado los ciudadanos. Tal vez esta es la razón por la que en ocasiones nos sentimos defraudados. No es peor que la política, el periodismo, los sindicatos, las patronales o la federación de fútbol. Pero imaginábamos que era mucho mejor. O deseábamos que lo fuera.

La grandeza de la Justicia se empequeñece en cuanto topa con los poderosos. Esta semana, Felipe Armendáriz ha publicado que el letrado de la Administración de Justicia –lo que antes llamábamos secretario judicial– de instrucción 12 ha acordado la paralización sine die del caso Cursach. Razones no le faltan. Manuel Penalva está apartado. Era el segundo juez que instruía este complejo entramado de corrupción, que empezó en la policía local y alcanzó a los empresarios de la noche. Su sustituto, Miquel Florit, está de baja médica y encausado por ordenar el espionaje de móviles de periodistas. El siguiente en la lista es Antoni Garcías, que también ha pedido abstenerse. Antoni Rotger tampoco quiere asumir la investigación, al menos una parte, por su amistad con Penalva. Y ya llegamos, según explicaba la información, al magistrado Enrique Morell. Mientras, todo parado.

Lo peor que le puede ocurrir a un asunto judicial complicado y difícil es que la Justicia se convierta en parte del problema en lugar de ser la solución. La investigación ya dura más de cinco años. Si al final se prueba un 5% de las acciones delictivas que se han incorporado al sumario presuntamente cometidas por parte de la policía local de Palma y los empresarios de la noche, los ciudadanos tendrán razones suficientes para sentirse perplejos, indignados y acongojados.

Sin embargo, la Justicia enreda la madeja en lugar de acometer con decisión y diligencia un asunto que debe servir para condenar a la minoría corrupta y aleccionar a las generaciones futuras de policías y empresarios frente a la tentación del dinero fácil, el sexo y la droga. Juzgar a quienes detentan poder por ser autoridades o por su dinero siempre es más complicado que sentenciar a un vulgar ladrón. No importa si los primeros se han apropiado de cien millones y el segundo de unos pocos miles de euros. Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un poderoso pise la cárcel.

Estos días vuelve a estar de moda Jesús Gil y Gil gracias a una serie de HBO que ya desde el título, El pionero, muestra una cierta condescendencia hacia un personaje que hizo de la burla a la ley su estilo de negocio. Sus dos primeras condenas se saldaron con otros tantos indultos. Uno de Francisco Franco y otro de Felipe González. Tras asaltar Marbella, algunos jueces miraron hacia otro lado. Santiago Torres, el primero que se atrevió a indagar en sus manejos, se encontró con palos en las ruedas desde dentro de los propios juzgados, robos de sumarios y amenazas a través de medios de comunicación controlados por Gil.

Pero no es el único caso de una justicia débil ante los manejos del dinero. Las investigaciones al Partido Popular o a la banca se han cobrado varías cabezas de jueces antes de que cayera la de algún investigado. La bochornosa doctrina Botín o los vaivenes del Supremo con respecto a las hipotecas, son más de lo mismo.

La Justicia no suele llevar los ojos vendados cuando afecta a personajes influyentes. En estos asuntos funciona como un reloj suizo la ley universal de la comodidad: para qué complicarte la vida si puedes eludir los problemas.

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