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El enemigo de la izquierda

La obstinación de Pablo Iglesias de alcanzar un gobierno de coalición entre su organización, Unidas Podemos, y el PSOE podría ser comprensible y hasta legítima si hubiera surgido de un marco procesal democrático, basado en la coincidencia ideológica que hubiera conducido pacíficamente a pactos concretos y al establecimiento de un vínculo profundo entre las dos organizaciones. Lo grave es que la exigencia es previa a cualquier otra consideración. Es más: incluye una explícita negativa a negociar previamente el programa con que debería desenvolverse tal alianza en tanto no se acuerde primero el reparto del poder.

De esta situación, que ha irritado como es natural al mayor de los hipotéticos socios de la hoy dudosa alianza, se desprende que el único objetivo que persigue Iglesias es consolidar personalmente su propia carrera política. En una situación claramente declinante y tras unas elecciones en que ha caído de 71 a 42 escaños -del 21,1% de los votos al 14,3%-, a causa de la defección de varias confluencias, de una escisión muy notable -la provocada por Errejon- y de unos planteamientos políticos cada vez más cuestionados, Iglesias piensa que sólo su irrupción ruidosa y rompedora en el Gobierno le devolvería la eminencia y las expectativas. Lo de menos son los programas: ya ha dicho que está dispuesto a pasar por las horcas caudinas que le imponga su asociado, que incluso en Cataluña retirará sin más su heterodoxia, que ha incluido un recurso ante el Tribunal Constitucional contra el 155 (que ya ha sido fallado en su contra), la defensa del "derecho a decidir" y la consideración de "presos políticos" atribuida a los encarcelados por los sucesos del 1-O y la de "exiliados" a los fugados de la justicia. Todo esto no es relevante frente a la posibilidad de vicepresidir los consejos de ministros y de ejercer el exhibicionismo mediático que tanto le agrada y que resulta muy eficaz para épater les bourgeois como pretendían los simbolistas franceses de finales del XIX.

Lo grave, gravísimo, del caso no es sólo que semejante planteamiento haya llevado al PSOE a retirar sus ofertas de colaboración anteriores y a dar por rota la relación, sino también, y sobre todo, que el diferendo no tiene compostura porque, si se piensa bien, lo relevante no es la investidura presidencial sino toda la gobernación posterior. Con un partido como UP y con un personaje como Iglesias es imposible pactar una mayoría parlamentaria capaz de sacar adelante unos presupuestos del Estado progresistas pero compatibles con la disciplina europea; acordar grandes consensos con la derecha como el educativo, que ya no debería demorarse más; practicar una política exterior seria y rigurosa, sin derivas tercermundistas ni amistades peligrosas en las agendas, etc.

Nada nuevo hay bajo el sol, y en realidad esta ha sido una constante de Izquierda Unida durante todo el periodo democrático, con la particularidad de que ahora el líder de ese sector ideológico, que se ha alimentado de una clientela desclasada que ha acudido a él a modo de desahogo cuando la crisis, es un ambicioso conspirador que no disimula sus más excesivas ambiciones. Pero en el fondo, la historia se repite: en los últimos ochenta y primeros noventa del pasado siglo, Felipe González tuvo que apoyarse en el catalanismo político, conservador, para completar mayorías y estabilizar al país; más tarde, Julio Anguita formó con Aznar la famosa pinza en Andalucía; luego, Rodríguez Zapatero tuvo también que recurrir al nacionalismo catalán y vasco para gobernar? Nunca IU, envoltorio del PCE, estuvo verdaderamente interesada en el progreso de la izquierda socialdemócrata, de la que ha representado -y sigue representando, de un modo u otro- la sensibilidad progresista de la mitad de los europeos. El colmo del despropósito se produjo en febrero de 2016, cuando Pablo Iglesias prefirió que Rajoy se mantuviera en el poder, en el momento más fragoroso de los escándalos de corrupción, con tal de no permitir a Sánchez tomar el timón, tras su pacto con Ciudadanos.

Así las cosas, será muy difícil que no haya que ir a nuevas elecciones. A las que conviene llegar con ideas claras y con la lección de IU muy bien aprendida.

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