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María Amengual

Bonita

Puede que nos estemos dirigiendo a las elecciones más maniqueas de este país, pero la lucha por la dignidad humana sólo ha tenido éxito cuando ha sido transversal

Puede que nos estemos dirigiendo -otra vez- hacia las elecciones más maniqueas de este país. En las que parece estar clarísimo quiénes son los buenos y quiénes los villanos. El feminismo es socialista, si hacemos caso a Carmen Calvo. Como la lucha LGTBI, que es de izquierdas. Incluso pasando por alto -por ejemplo- el episodio de Clara Campoamor y Victoria Kent en el sufragio femenino en España, reconocer quién ha iniciado determinadas batallas no debería impedirnos recordar que la lucha por la dignidad humana sólo ha tenido éxito cuando ha sido transversal; es decir, cuando todas las clases e ideologías han participado de ella. Ese fue el éxito de Nelson Mandela. No tengo muy claro que sean beneficiosas las amplias exclusiones.

La condescendencia con la que Calvo trata a quienes no comulgan con su pensamiento no favorece en nada la lucha por la igualdad. Básicamente, porque pasa por alto que -posiblemente- hay diferentes maneras de batallar por un mismo objetivo. Que podemos confrontar y debatir hasta que encontremos la mejor. Puede que incluso tomando los aspectos positivos de cada una. Como si quisiéramos alejarnos del sectarismo y el pensamiento único. No quiero pensar qué habría ocurrido si ese "pues no, bonita" se lo hubiéramos oído a Amancio Ortega. No parece una expresión demasiado alejada del machismo que pretende combatir.

El desacuerdo de los organizadores del Orgullo gay con la política de pactos de Ciudadanos puede ser incluso total. Como el mío. Pero es increíble que se discuta el derecho de la formación naranja a acudir a una manifestación pública. Que es exactamente el mismo que el de los asistentes a mostrarles su desaprobación. Dentro de unos límites. Resulta curioso que los mismos que consideran el piropo una agresión machista crean que Arrimadas se lo tiene merecido. Por bonita. Si es que van provocando.

Hace unos días, detuvieron a los padres de un chaval de 16 años. Le pegaban por su condición de homosexual. En España. En el siglo XXI. Así que no estaría de más recordarle a la señora Ayuso que la educación pública, a veces, es a pesar de los progenitores. La oímos decir que "hay padres preocupados porque en algunos colegios hay colectivos que hablan a sus hijos de temas que ellos no quieren". En las escuelas, se tiene que enseñar que todos somos ciudadanos con los mismos derechos y deberes que el de al lado. Independientemente de las condiciones de su nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o de cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Que es lo que dice la Constitución, que asimismo garantiza a los jóvenes el libre desarrollo de su personalidad.

Ahí cabe enseñar, por supuesto, que las mujeres, los homosexuales, los veganos, los pelirrojos, los cienciólogos y todos los que respeten esas mismas reglas del juego tienen -exactamente- los mismos derechos que tú. Enseñar eso está fuera de toda discusión. Me da igual que los padres crean que ser gay es una enfermedad, que las mujeres tienen que llevar velo, que las vacunas causan autismo, que la homeopatía cura el cáncer o que la Tierra es plana. Todo el mundo es libre de creer gilipolleces; pero la educación está para desmontarlas. Para criar ciudadanos libres e iguales, respetuosos con las ideas del otro, siempre que esas creencias acaten lo anterior y la consideración sea recíproca. Porque los chavales acabarán teniendo que convivir. Atizar el odio no es la mejor forma de conseguirlo. ¿La nueva política consistía en volver a la España cainita? A ver si, más que nuevas elecciones, lo que necesitamos son nuevos candidatos.

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