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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Recomposición

El triunfo de Sánchez tiene que ver, sobre todo, con la recomposición del mapa político en la izquierda y en la derecha quedando ambos bloques, sin contar con los independentistas, con un respaldo similar en votos

El resultado electoral posibilita un gobierno de Sánchez en solitario. Es lo que con pocas dudas decidirá tras las elecciones autonómicas y municipales del 26 de mayo. Sánchez, merced a su victoria en las primarias del PSOE y la modificación estatutaria que reduce el poder del comité federal y establece la relación directa entre el secretario general y la militancia configura una nueva etapa desconocida en la historia del partido, concentrando todo el poder en su figura. Nadie, ni siquiera Felipe González, su líder más carismático, tuvo nunca tanto poder en la oposición o en el gobierno. Si se aludía en el PSOE a González llamándole "dios", está por ver con qué sobrenombre se va a aludir a Sánchez. Otra cosa va a ser la comparación de uno y otro entre los ciudadanos. No parece que Sánchez reúna la condición de estadista que ha acompañado la figura de González. Aunque hay que reconocer que mientras González fue una figura bendecida por los dioses dotada de la gracia de la seducción, Sánchez ha demostrado una resistencia y una audacia poco comunes que le han posibilitado obligar a la suerte a toparse con él. Pero el suyo es un juego a todo o nada. Su triunfo es el del PSOE. Su derrota será también la del PSOE.

Una primera lectura de los resultados confirma que el triunfo de Sánchez tiene que ver, sobre todo, con la recomposición del mapa político en la izquierda y en la derecha, quedando ambos bloques, sin contar con los partidos independentistas, con un respaldo similar en cuanto a votos. He comentado alguna vez que la irrupción de Podemos y Ciudadanos como nuevos actores políticos en el sistema de la partitocracia tenía que ver más con la incorporación de los mismos al sistema que en la voladura del mismo. Que una de sus principales reivindicaciones, poco expuestas en la campaña electoral, fuera el cambio de la ley que regula el sistema electoral por otra basada en la proporcionalidad, tenía que ver con finiquitar el bipartidismo y ampliar la partitocracia.

El objetivo en un primer momento de Podemos era sustituir al PSOE en la izquierda. El de Cs, construir un partido de centro que posibilitara la gobernabilidad del Estado sin la dependencia del voto nacionalista que estabilizara el sistema autonómico y frenara la tendencia disgregadora. La errática y convulsa evolución de Podemos, brillante en su diagnóstico de la crisis del sistema, pero decepcionante en las propuestas para su superación, ancladas en recetas ya fracasadas de Izquierda Unida, acompañada por un diseño organizativo fuertemente centralizado y simultáneamente, aliado con otras formaciones en Cataluña, País vasco, Galicia y País Valenciano, que casi colapsó con el acuerdo de Errejón con Manuela Carmena, provocó el hundimiento del partido que, a duras penas, tras el permiso paternal de Iglesias, ha conseguido remontar algunas posiciones. Pero al pasar de 71 diputados a 42 Podemos ha abandonado ya el proyecto de "sorpasso" al PSOE. Ahora se contentan con aspirar al papel subordinado de acceder al gobierno de Sánchez con un par de ministros.

El proyecto de Ciudadanos cambió a partir de la moción de censura que invistió a Sánchez como presidente. El voto favorable de los independentistas a Sánchez, previo pacto con ellos, desarboló la estrategia de Rivera. Quizá haya que remontarse a los orígenes de Cs para entender cómo a partir de ese momento y los resultados de las elecciones andaluzas que alumbran la entrada en tropel de Vox, cambia su trayectoria y en vez de configurar su estrategia como partido bisagra, cortocircuitado por Sánchez y los independentistas, la reinventa formulando la tesis de sustitución del PP como partido de centro derecha. Así, se invierten los papeles entre Podemos y Cs. El primero cambia su estrategia de hegemonía por la ancilar en la izquierda y el segundo su papel de bisagra por el de hegemonía en la derecha. Cierto es que mientras el PSOE ha derrotado a Podemos en la izquierda, Cs no lo ha conseguido aún en la derecha y ha fracasado en su objetivo de echar a Sánchez. Para la ejecución de esa estrategia Rivera se ha servido de profesionales procedentes del PP y del PSOE sin expectativas de acceder a cargos. Algunos comparan la crisis del PP con la que provocó el estallido de UCD. No creo que estemos en esta situación. Por mucho que la corrupción y la deficiente gestión de la crisis catalana pesen lo suyo, sigue siendo el PP el partido con mayor implantación en el territorio. En Balears los resultados todavía han sido peores para el PP. Pasar de ser la primera fuerza a la cuarta en Balears y en Palma por debajo de PSOE, UP y Cs es una marca imbatible de la dirección para hacer mutis por el foro.

Lo preocupante para el futuro es que la crisis del sistema para la cual aún no se ve el final obliga a los partidos a priorizar su propia supervivencia a la imprescindible colaboración para atajar los grandes problemas que nos afectan y que impiden el salto adelante para modernizar el país y atender a los retos que plantea la globalización: la reforma de los contratos laborales, la inmigración, la crisis del sistema de pensiones, el pacto educativo, la estabilidad territorial, la inversión en ciencia, el impulso a la demografía etc. Nada hay en el horizonte que nos permita conjeturar que en los próximos cuatro años se vaya a dar ese salto adelante.

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