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¡Qué cosas tiene la política!

En el proceso al procés hay un rasgo muy potente que une a la Catalunya independentista con la España constitucionalista. Que las hermana y subraya hijas del mismo territorio e Historia. El territorio como padre y la Historia como madre, al revés de lo que aconsejan antropólogos y poetas. Catalunya y España he dicho, cayendo en la vieja propaganda del independentismo: hacer creer -nombrándolas así- que son cosas distintas y no la parte y el todo, que es lo que son y han sido hasta ahora y de momento. Pero para mi descargo he añadido independentista y constitucionalista y ahí he disparado con pólvora de rey, porque supongo habrá anticonstitucionalistas que también son antiindependentistas. Paro ya con las sutilezas y voy al meollo: es decir a la unión y el hermanamiento oficiales. ¿Y dónde lo ve, hombre?

En una de las grandes enfermedades de nuestra época, contesto: la ausencia de responsabilidad, o la negación de nuestra parte alícuota en la comisión u omisión de un hecho, sea cuál sea éste, mientras implique una posibilidad de censura, crítica, castigo, o pena. Aquí en Mallorca se ha dicho desde tiempos inmemoriales: Sa culpa és molt lletja, ningú la vol. Eso sí, el reverso de esa culpa que nadie quiere es, en este caso, un objeto de deseo de los más anhelados: el poder. A los honores, o el súbito prestigio, o las reverencias y repentinas simpatías que implican un cargo político, ser autoridad o cosa -así se decía antes: aquest és cosa- se apuntan todos. Todos los que pueden y quieren y conocen los medios para apuntarse: la obsequiosidad y el peloteo disfrazado de atención, o cualquier otra maniobra de seducción mundana. Porque el bien público, en política, tan amiga del cinismo, es mera fórmula, apariencia, maquillaje y cuento chino.

Céntrese ya. ¿Donde ve lo especular entre los procesistas de la Generalitat y el Gobierno central? Pues ya lo he dicho: en que ninguno de sus representantes quiere cargar con el muerto y todos han ejercido de Pilatos frente al tribunal. Los independentistas amparándose en que eran meros mensajeros del sentir popular. Que sólo cumplían con la exigencia que la sociedad les estaba demandando. ¡Viva el adanismo! Se hizo lo que se hizo en el Parlament y en la calle en septiembre y en octubre del 17 porque así lo quería el pueblo, esa abstracción que desean hacernos creer que tiene vida autónoma al margen de gobiernos, asociaciones -culturales o no- y otras mandangas dirigistas, porque el vigor y la soberanía son de todos. Si no hubo y hay risas en el Supremo es porque el juez Marchena, de haberlas, las impediría: él sí sabe dónde está, al revés que muchos de los sentados enfrente y a su derecha.

¿Y los otros políticos? Pues ya vimos a Rajoy, a Santamaría y a Zoido, el inefable. El resumen casi podría reducirse al "pasaban por ahí". O a la encarnación de los tres monos orientales: no vieron, no oyeron y no hablaron. Y si hablan ahora es porque les obliga la ley, que si no, de qué. Y mientras los escuchábamos, entendíamos por qué las cosas llegaron hasta donde llegaron y pasó lo que pasó y no pasó más porque Dios no quiso, pero no porque el gobierno -sus principales cabezas- se ciñera a sus obligaciones. Menos mal que después, un decretario de Estado y un delegado de Gobierno nos devolvieron el principio de realidad y dijeron que nada de lo que habíamos visto y oído hace año y pico fue sueño, alucinación o pesadilla, según del lado que se mirara entonces o se mire ahora. Porque hasta hace pocos días, más que un proceso al procés las declaraciones parecían un proceso a la perfidia estatal. Que ellos dos, el secretario y el delegado (me refiero sólo a políticos), fueran la conciencia de un país y sólo ellos se responsabilizaran de sus subordinados y sean ellos ahora el objeto de bromitas y amenazas... En fin.

El follón más grande jamás montado en la historia de nuestra democracia -el principal desde el 23F- y estamos viendo que nadie -ni Gobierno, ni Generalitat- estuvo donde estuvo por sentido de la responsabilidad y fe en sus ideas, y nadie -ni Gobierno, ni Generalitat- fue responsable de las órdenes o consignas emitidas. Resulta prodigioso -tanto como las mujeres que vuelan en Cien años de soledad- y se estudiará en las facultades de Historia y de Derecho si las facultades, el Derecho y la Historia permanecen en su sitio y no se pasan -o se han pasado ya- al bando de los Pilatos, eternos supervivientes de toda crisis y empeñados en mantener una parcela de poder mientras se desayunan diariamente con píldoras de amnesia. "A mí no me miren" debería ser el lema que presidiera los consejos de ministros del Gobierno y el Consell de Govern de la Generalitat (A mi que no em mirin). Pero en lo demás, que todo siga como siempre y el coche oficial a la puerta.

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