Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

El ritual

Ir al videoclub formaba parte del ritual del fin de semana. Cazar las novedades o rescatar algún clásico, palomitas y sofá. Un plan cercano a la idea de felicidad que tengo en la actualidad

El videoclub de mi barrio se convirtió hace tiempo en un bazar chino. El otro día entré. Allá donde estaban las películas románticas ahora hay dos barras con pantalones de todos los colores y materiales. La zona de suspense y terror ha sido tomada por los bolsos y el género de aventuras ha sido invadido por las chaquetas brillantes de piel sintética. Bolsas de confeti y serpentinas han sustituido a las películas para adultos. La caja sigue en el mismo sitio, aunque ya no está coronada por bolsas de palomitas y de patatilla, sino por pilas redondas y auriculares para móviles.

Ir al videoclub era un ritual. Íbamos los viernes al salir del colegio y escogíamos el género al que entregarnos durante el fin de semana. Tanto daba ver Centauros del desierto como Rocky. Lo importante era el ritual. Cena, palomitas, tele y sofá. Ese plan se acerca bastante a la idea que hoy tengo de felicidad. Lástima no haber sido lo suficientemente consciente entonces, pero ésas son cosas que se aprenden con la edad. El panorama actual es diferente. Mientras uno mira Netflix en el ordenador, el otro consulta redes sociales con el runrún de la tele de fondo. No es que sea mejor ni peor. Es, simplemente, diferente. Me pregunto si en el futuro también recordaremos estas situaciones de personas aisladas en sus pequeñas cuevas tecnológicas como momentos de felicidad. Quién sabe, quizás sí. La intuición me dice lo contrario. Los rituales me gustan. El café y los periódicos del fin de semana, la copa de vino del viernes mediodía o la charla matutina familiar. Una amiga actriz es mucho más sofisticada y, emulando a Marilyn Monroe, se compró un frasco de Chanel número 5 que usa cada noche que se sube al escenario. Dos gotas detrás de la oreja y a darlo todo por el personaje.

Hace semanas murió el director de cine, Stanley Donen. Responsable de películas como Cantando bajo la lluvia, Charada o Dos en la carretera. El mundo es más gris sin él. Donen nos regaló explosiones de alegría y de vida. Nos regaló a Gene Kelly silbando, bailando, cantando y chapoteando. La lluvia no cae igual desde entonces. Los finales felices existían y la vida en rosa era posible con Donen. Charada es maravillosa de principio a fin. La música de Henry Mancini, los rótulos coloristas, la elegancia de Audrey Hepburn y de Cary Grant. París, Walter Matthau y el misterio. Dos en la carretera es el retrato de lo que queda de una pareja cuando es apisonada por el tiempo: silencio, monotonía, infidelidad, recriminación y puede que algo de esperanza.

Stanley Donen recogió un Oscar y cantó Cheek to cheek, bailó cuando le dieron la Concha de Oro, rodó con Frank Sinatra, hizo flotar a Fred Astaire y brillar a Ingrid Bergman. Se casó varias veces, pero desde 1999 vivía con la humorista Elaine May. Juntos reían. No hay que subestimar el poder de la risa. Las películas de Donen eran bellas. Algunas eran sueños americanos cumplidos pero, sobre todo, formaban parte de uno de mis particulares y personales rituales. Cada año, mi padre y yo disfrutábamos viendo Cantando bajo la lluvia y Charada. Uno de esos momentos de felicidad que sólo comprendes con el paso del tiempo. Gracias, Sr. Donen, esté donde esté.

Compartir el artículo

stats