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Voces que no fueron

El otro día, dormitando ante el telediario, escuché la voz de Rembrandt. Eso dijeron 'una reconstrucción de la voz de Rembrandt a partir de sus tonos pictóricos'. Algo así oí que dijeron. Me desperté de sopetón y la noticia seguía allí: Rembrandt, quiero decir, hablando y de fondo una de sus pinturas. No era la boca de Rembrandt, no, sino una voz en el aire, como en la pantalla de un estudio de grabación. Hacía pocos días que, aconsejado por una de mis editoras había cambiado la frase 'El yelmo de oro, de Rembrandt' -que aparece en mi última novela- por 'El yelmo de oro, atribuido entonces a Rembrandt'. Pensé que esa voz era su venganza por haberlo hecho y recordé lo que se decía hace años: que el oro de aquel yelmo estaba hecho de excrementos humanos y yo deduje que el origen de esa teoría era un invento de Salvador Dalí, tan aficionado a esas cosas. Al menos fue Salvador Dalí quien, para conquistar a Gala -entonces la mujer del poeta Paul Éluard- apareció en su casa, rostro, cuello y manos sucios de excrementos y la rusa Elena Ivanova Diakonova -Gala- quedó prendada ante el homenaje excrementicio, tan surrealista, y se fue con él para siempre, dejando a Paul Éluard estupefacto.

Lo de escuchar a Rembrandt en el siglo XXI me parece aún más surrealista que el número locoide de Dalí. Pero pensándolo bien, quizá se parta de risa en su tumba. Rembrandt fue un pintor de y para los burgueses: pañeros, banqueros, mercaderes, cirujanos, familias potentes€ todos posaron para él. Y es que la gran pintura holandesa fue eso: una novela de la burguesía satisfecha, mucho antes de que Balzac naciera y escribiera las suyas. A Rembrandt y a su época les interesaba el componente literario de la pintura -esto era entonces también la pintura- y en cada uno de sus cuadros hay múltiples historias. Como en una buena novela. De ahí que acudieran a los pasajes bíblicos.

Nadie ha pintado como él a Betsabé, la mujer del general Urías, tras recibir la carta del rey David invitándola a visitarlo -y ya sabemos en aquellos tiempos lo que significaba rechazar la invitación de un rey-. Lo explica Simon Schama, el hombre que más sabe de Rembrandt en el mundo. En esa pintura está todo: pese al espléndido desnudo de Betsabé por el que David ha perdido el sentido (nunca he entendido esta frase hecha: uno diría más bien: ha recuperado los sentidos) y está dispuesto a arrollarlo todo -su mejor general, la guerra y lo que sea-, en el rostro de la mujer se encierra la duda, el temor, la negación interior, la pena y la aceptación de la realidad: no puede rechazar al rey: su marido, para empezar, moriría asesinado y ella sabe que ya lo han mandado al frente para alejarlo de la corte y que el voyeur David, el hombre que la espía siempre que se baña, pueda actuar con plena libertad. En medio de esa tensión psicológica la luz y el esplendor del cuerpo desnudo de Betsabé son el centro del mundo. Sin embargo no hay en ella ni rastro de satisfacción o coquetería como en otras Betsabés pintadas, o no, que han llegado hasta nosotros.

Rembrandt y los cuerpos, Rembrandt y el deseo. Por un lado, Rembrandt, en su celebración del cuerpo femenino, rechazó el canon clásico y se acogió al realismo de la naturaleza. Sus mujeres desnudas tienen pliegues, descolgamientos y otras huellas de vida y al mismo tiempo son sensuales y magníficas, sin necesidad de recurrir a los patrones apolíneos. Simplemente siendo fiel a la naturaleza y, repito, celebrándola. Por otro, la raíz de todo eso es la propia felicidad sexual de Rembrandt, una felicidad que muestra en toda su extensión a través de los dibujos, pinturas y grabados de su mujer Saskia -su complicidad en ese sentido era absoluta y en lo absoluto, plena y muy divertida- y tras su muerte -Saskia muere mientras Rembrandt está pintando su gran obra La ronda de noche- en sus relaciones con dos de sus criadas, una de ellas Hendrickje pintada en su lujoso lecho. Pero donde estuviera Saskia, que se retiraran las demás. Todo esto se transparenta con nitidez inédita en sus desnudos: el triunfo de la belleza a través del triunfo inaugural de otra belleza, distinta de la canónica hasta entonces. En cuanto a la complejidad de Rembrandt basta con nombrar el claroscuro, o acudir al Banquete de Baltasar y a Jeremías predice la destrucción de Jerusalén, ya no digamos a la citada La ronda de noche, pero no nos vamos a poner estupendos ahora. Piensen, sin embargo, en la alegría que produce escribir o leer sobre Rembrandt en medio del ruido electoral.

Y ya sabemos que la alegría -incluso después de muertos, tanto el pintor como su sensual y divertida Saskia- siempre molesta a algunos. En 1985 un descerebrado lituano atacó el lienzo Danae -Danae, desnuda y oferente a la lluvia dorada de Zeus, una adquisición de la emperatriz erotómana Catalina de Rusia-. Lo apuñaló por la ingle de la ninfa y lo roció después con ácido. El desastre fue total y cuenta Simon Schama que los funcionarios soviéticos mandaron restaurarlo completamente, es decir, convertirlo en un Rembrandt no pintado por Rembrandt, sino por el equipo de restauración del Hermitage. Pues algo así era aquella voz que escuché y me despertó de sopetón: no Rembrandt, por supuesto, si no una voz recreada por los algoritmos a través de los colores y los trazos de la pintura rembrandtiana. Paparruchas, que diría Mr. Scrooge, pero sospecho que de esas paparruchas es de lo que vamos a vivir en los tiempos que ya están aquí. Y podrán llegar a hacernos decir lo que nunca dijimos, o hablar como nunca hemos hablado. Otra mentira más en el actual y despótico imperio de las mentiras. Ya puestos€

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